Capítulo IV
El Corazón del Bosque
La lluvia había cesado.
El silencio dentro de la iglesia era denso, como si el propio aire estuviera pensando.
Ainé seguía mirando sus manos.
La llama ya no estaba visible, pero podía sentirla dentro de su pecho.
Y también sentía algo más.
Algo oscuro.
Pequeño… pero real.
Lórien caminaba lentamente por el círculo de runas.
La espada seguía en su mano.
—Mi hermano nunca habría servido al Urco —dijo con voz baja.
Nadie respondió inmediatamente.
Héctor cerró con cuidado la Crónica del Velo.
—La sombra no solo destruye.
—También corrompe.
Marga apoyó su bastón en el suelo.
—Entonces no podemos perder tiempo.
Miró a Ainé.
—Si el Corazón del Bosque existe, debemos encontrarlo antes que el Urco.
Noa cruzó los brazos.
—Vale.
—Pregunta básica.
—¿Dónde está ese corazón?
El silencio volvió.
Lórien finalmente respondió.
—En lo más profundo de Lúmbria.
Bastián levantó la mano.
—Eso suena muy lejos.
—Y muy peligroso.
Marga suspiró.
—Porque lo es.
Héctor pasó una página más de la crónica.
Un mapa antiguo apareció dibujado en el papel.
Bosques.
Montañas.
Ríos.
Y en el centro…
un símbolo enorme grabado en tinta roja.
—Aquí —dijo el anciano.
—El Bosque Antiguo.
Ainé sintió un escalofrío.
—He oído hablar de ese lugar.
Marga asintió.
—Todas las criaturas de Lúmbria lo conocen.
—Pero nadie entra allí.
Noa frunció el ceño.
—¿Por qué?
Lórien respondió:
—Porque el bosque está vivo.
Bastián parpadeó.
—¿Más vivo que los otros?
—Mucho más.
Héctor cerró el libro.
—Si el Velo se rompe completamente…
—Lúmbria y el mundo humano se mezclarán.
La imagen era aterradora.
Criaturas mágicas caminando por ciudades.
Humanos entrando en bosques que no entendían.
Magia y tecnología chocando sin control.
Ainé respiró profundamente.
—Entonces debemos ir a Lúmbria.
Noa levantó una ceja.
—Espera.
—¿Hablas de volver al lugar donde vive el monstruo gigante?
Bastián asintió con entusiasmo.
—Exacto.
—¡Eso!
—Gracias por decirlo.
Marga miró a Ainé.
—No será fácil.
La joven hada respondió con calma.
—Nunca lo ha sido.
Lórien guardó su espada.
—Entonces partimos al amanecer.
Pero Héctor negó con la cabeza.
—No tan rápido.
Todos lo miraron.
El anciano caminó hacia una ventana rota.
La noche seguía oscura afuera.
—Algo más está pasando.
Noa frunció el ceño.
—¿Qué?
Héctor señaló la ciudad.
—El Velo no solo se rompe en Lúmbria.
—También aquí.
De repente…
un ruido fuerte llegó desde la calle.
Un rugido.
Bastián se sobresaltó.
—Eso no es un coche.
Marga se acercó a la puerta de la iglesia.
La abrió lentamente.
La calle estaba casi vacía.
Pero algo se movía en la oscuridad.
Una figura enorme caminaba entre los coches aparcados.
Cubierta de sombras.
Sus ojos brillaban débilmente.
Noa susurró:
—No puede ser…
La criatura levantó la cabeza.
Tenía forma de lobo.
Pero era demasiado grande.
Demasiado antinatural.
Y sus ojos eran rojos.
Ainé sintió que la llama dentro de su pecho ardía.
—El Urco…
Lórien negó lentamente.
—No.
—Es peor.
La criatura rugió.
La sombra a su alrededor se movió como humo.
—No es el Urco.
El elfo levantó la espada.
—Es uno de sus cazadores.
El monstruo saltó hacia la iglesia.
La puerta explotó en mil pedazos.
Bastián gritó:
—¡Ahora sí que tenemos un problema!
La criatura entró rugiendo.
Sus garras arañaron el suelo de piedra.
Y sus ojos se fijaron directamente en Ainé.
Como si la hubiera olido desde kilómetros.
Como si la estuviera buscando.
La llama dentro de ella reaccionó.
Más fuerte.
Más peligrosa.
Y por primera vez…
Ainé comprendió algo terrible.
El Urco no solo quería destruirla.
La estaba cazando.

Intrigante, misterio.
ResponderEliminarAmanece nublado, pero un café abraza la mañana como un amante.