Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 27 de marzo de 2026

Los Hijos del Velo-4

 






Capítulo IV

Los marcados

La marca no desapareció.

Mateo la observaba en silencio frente al espejo.

Era tenue.

Casi invisible.

Pero estaba ahí.

Una grieta.

No en su piel sino en algo más profundo.

—Esto no es normal… —susurró.

Y en el fondo sabía la verdad.

Nada de aquello lo era.

Ainé no tardó en confirmarlo.

No era solo Mateo.

Había más.

Muchos más.

Por todo el mundo humano.

Luces que antes no existían.

Presencias nuevas.

Despertando.

—Los Hijos del Velo están apareciendo —dijo Ainé.

Marga frunció el ceño.

—¿Cuántos?

Ainé dudó.

—Demasiados.

Lórien cruzó los brazos.

—Entonces no es un accidente.

—Es un patrón.

En una ciudad lejana, la grieta apareció de nuevo.

Pero esta vez no fue en el cielo.

Fue en medio de la calle.

Invisible para la mayoría.

Pero no para él.

Se llamaba Adrián.

Tenía dieciséis años.

Y llevaba días sintiendo que algo lo observaba.

Cuando la grieta se abrió él la vio. Y esta vez no retrocedió.

—Ya estáis aquí… —murmuró.

La gente pasaba a su alrededor sin notar nada.

Pero él sí.

Sentía algo dentro de su pecho.

Algo que respondía.

La marca apareció en su mano. Más intensa que la de Mateo. Más profunda.

Y entonces uno de los Nul emergió.

No fue como antes. 

El Nul se acercó directamente a él.

Y Adrián no huyó.

Extendió la mano.

—¿Qué sois?

El aire se deformó. El sonido desapareció. Y entonces el contacto ocurrió.

En el bosque, Ainé se tensó de repente.

—No…

Marga la miró.

—¿Qué pasa?

Ainé dio un paso atrás.

—Algo ha cambiado.

Cerró los ojos.

Buscó.

Sintió.

Y lo encontró.

—Uno de ellos…

—No ha sido rechazado

Silencio.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lórien.

Ainé abrió los ojos. Con miedo real.

—Significa que… alguien ha sobrevivido al contacto.

Adrián cayó al suelo respirando con dificultad. Pero no había sido borrado. No había desaparecido.

Seguía ahí.

Y algo más también.

Sus ojos se abrieron lentamente.

Y durante un instante no eran completamente humanos. Había vacío en ellos. Pero también conciencia.

—Ahora lo entiendo… —susurró.

El Nul no había tomado su cuerpo. No del todo. Se había fusionado. Una coexistencia imposible.

Adrián se levantó lentamente. Miró sus manos. La marca brillaba. Más fuerte. Más viva.

—No quieren destruirnos… —dijo en voz baja.

—Quieren entrar.

En Lúmbria, el aire se volvió pesado. El Corazón del Bosque latió con fuerza. Por primera vez desde la batalla final mostró miedo.

Ainé lo sintió.

Y eso lo cambió todo.

—Esto es peor de lo que pensábamos.

Marga susurró:

—¿Por qué?

Ainé tardó en responder. Porque sabía que al decirlo todo cambiaría.

—Porque ya no están fuera.

Miró al cielo.

—Ahora están dentro.

Mateo sintió el cambio. De repente. Sin razón aparente. La marca ardió.

Y por un segundo vio algo.

Una ciudad.

Una calle.

Un chico.

Y algo oscuro dentro de él.

Mateo retrocedió.

—¿Quién eres…?

Y en su mente una respuesta. De alguien humano.

“No estamos solos.”

Ainé comprendió lo que estaba ocurriendo. Los Hijos del Velo no eran iguales.

Algunos como Mateo resistían. Otros como Adrián cambiaban. Y esa diferencia decidiría el destino del mundo.

Esto ya no era una guerra entre mundos, entre magia y oscuridad. Era algo mucho más peligroso. Una guerra silenciosa dentro de las personas.

Adrián miró el cielo. 

La grieta invisible.

Sonrió. Pero no era una sonrisa humana.

—Estamos más cerca.

Y por primera vez los Nul no parecían lejanos.

Parecían inevitables.



1 comentario:

  1. Me sorprendió que esa forma de (vida)como los Nul se habían apoderado del cuerpo del muchacho. No sé con qué fin.

    Noche tranquila, el susurro de los alisios me gusta como sus besos

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