Capítulo V
El primer enfrentamiento
El bosque ya no era el mismo.
Ainé lo notó antes de que ocurriera.
El aire estaba roto.
No había otra forma de describirlo.
Los sonidos llegaban con retraso.
Las hojas caían pero algunas no tocaban el suelo.
Como si el mundo dudara de sí mismo.
Lórien apoyó una mano en la empuñadura de su espada.
—Está cerca.
Marga asintió en silencio.
—Lo siento también.
Mateo estaba detrás de ellos.
Intentando no temblar.
—¿Qué está cerca…?
Ainé no respondió.
Porque en ese momento apareció.
Simplemente estaba allí Adrián.
Pero no era el mismo.
Sus ojos brillaban débilmente como con vacío.
—Así que este es Lúmbria… —dijo con calma.
Miró a su alrededor.
Como si lo estuviera evaluando.
Lórien dio un paso al frente.
—Detente.
Adrián sonrió.
—No he venido a luchar.
Silencio.
—He venido a entender.
Ainé avanzó lentamente.
—Tú eres el que sobrevivió.
Adrián la miró.
—Y tú eres la que puede resistirnos.
Ese “nosotros” pesó en el aire.
Mateo susurró:
—No está solo…
Adrián levantó la mano.
La marca brilló.
Y el mundo se dobló.
Un árbol cercano se deformó.
Simplemente dejó de existir.
Desapareció. Sin ruido. Sin restos. Sin nada.
Mateo retrocedió aterrado.
—¡¿Qué has hecho?!
Adrián miró su mano.
—No lo sé del todo.
—Pero ellos sí.
Lórien no esperó más.
Se lanzó hacia él.
Su espada brilló con luz pura.
El golpe fue perfecto.
Rápido. Letal.
Pero no impactó.
Adrián no lo esquivó.
Simplemente no estaba ahí.
Durante una fracción de segundo desapareció.
Y reapareció detrás de él.
—Demasiado lento.
Lórien giró.
Atacó de nuevo.
Esta vez el impacto sí llegó.
Pero no hizo daño.
La espada atravesó su cuerpo como si fuera humo.
Ainé lo entendió.
Y eso la aterrorizó.
—No está completamente aquí…
Marga susurró:
—¿Qué significa eso?
Ainé respondió:
—Que existe… y no existe al mismo tiempo.
Ainé avanzó.
Sus alas aparecieron.
Luz y sombra giraron a su alrededor.
—Entonces probemos algo distinto.
Extendió las manos.
La energía del equilibrio estalló.
El aire dejó de romperse.
El espacio dejó de doblarse.
Y por primera vez…
Adrián reaccionó.
Retrocedió.
—Eso…
—Eso sí nos afecta.
Ainé lanzó una ráfaga de energía.
Esta vez sí impactó.
Adrián fue empujado hacia atrás.
Cayó al suelo.
El bosque tembló.
Durante un instante pareció humano otra vez.
—Ayuda… —susurró.
Mateo dio un paso adelante.
—¡Está atrapado!
Pero entonces sus ojos cambiaron.
El vacío volvió.
—No.
—Está evolucionando.
Ainé dudó.
Solo un segundo.
Pero ese segundo importaba.
¿Atacar? ¿Salvarlo?
El equilibrio dentro de ella vibraba.
No era un enemigo.
Pero tampoco era un aliado.
Era algo nuevo.
Adrián levantó la mano.
Y esta vez no apuntó a ellos apuntó al bosque.
Una ola invisible se expandió. Los árboles comenzaron a desaparecer uno tras otro. Como si nunca hubieran existido.
Marga gritó:
—¡No podemos dejar que haga eso!
Ainé alzó todo su poder.
La luz y la sombra explotaron a su alrededor.
—¡BASTA!
El impacto fue brutal.
El mundo se estabilizó de golpe.
Adrián salió despedido hacia atrás. La grieta apareció detrás de él. Inestable. Oscura.
Adrián se levantó lentamente respirando con dificultad.
Miró a Ainé.
Y sonrió.
—Ahora lo entiendo.
Miró su mano.
La marca brillaba más fuerte.
—Tú eres el equilibrio.
—Y nosotros…
Miró la grieta.
—Somos lo que viene después.
Y desapareció en ella.
El bosque quedó en calma. Pero no en paz.
Mateo miró a Ainé.
—¿Podemos detenerlos?
Ainé no respondió de inmediato.
Miró el lugar donde los árboles habían desaparecido.
No estaban muertos ni siquiera dañados. Nunca habían estado allí. Y eso era peor.
Finalmente habló.
—No como antes. Esta vez tenemos que entenderlos.
Ainé cerró los ojos sintiendo el eco de Aetherya.
Y susurró:
—O aprenderemos a convivir con ellos…
—O dejará de existir todo lo que conocemos

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