Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

martes, 17 de marzo de 2026

La Caída del Velo-10

 





Capítulo X




El último latido



La tormenta de magia cubría todo el claro.


Luz y sombra giraban alrededor de Ainé como un torbellino vivo.


El Urco retrocedía por primera vez en siglos.


Su cuerpo de oscuridad temblaba.


—¡No! —rugió—. ¡Eso no puede existir!


Pero sí existía.


La llama dorada y la sombra profunda giraban juntas en las manos de Ainé.


No luchaban.


No se destruían.


Se equilibraban.


El Corazón del Bosque brillaba detrás de ella, alimentando aquel poder antiguo.


Las raíces del árbol se extendieron por el suelo como venas gigantes, conectando todo Lúmbria.


El bosque entero respondía.


El viento.


Las hojas.


La tierra.


Todo latía al mismo ritmo.


El Urco lanzó un rugido que sacudió el cielo.


Entonces atacó.


Toda su sombra se abalanzó hacia Ainé como una marea negra.


Pero ella no retrocedió.


Cerró los ojos.


Respiró.


Y extendió las manos.


—No eres mi enemigo —susurró.


La luz y la sombra crecieron.


El poder salió de ella como un amanecer.


La energía chocó contra la oscuridad del Urco.


El impacto iluminó todo el bosque.


Los árboles temblaron.


Las montañas resonaron.


Durante un instante eterno…


todo quedó suspendido.


Luego la sombra comenzó a cambiar.


No a destruirse.


A transformarse.


El Urco gritó.


No de furia.


De sorpresa.


Su enorme cuerpo empezó a romperse en fragmentos de sombra.


Pero esos fragmentos no desaparecían.


Se disolvían en el aire.


Regresaban al equilibrio del mundo.


El monstruo gigante se redujo lentamente.


Cada rugido era más débil que el anterior.


Hasta que finalmente quedó solo una figura oscura en el centro del claro.


Ya no era un titán.


Solo una sombra antigua.


El Urco miró a Ainé.


Sus ojos rojos ya no estaban llenos de odio.


—Entonces… este era el destino.


Ainé bajó lentamente las manos.


—No tienes que desaparecer.


El Urco observó el bosque.


El árbol.


El cielo.


—No desaparezco.


Su forma comenzó a disolverse en pequeñas chispas oscuras.


—Regreso.


Las sombras se dispersaron por el bosque como polvo llevado por el viento.


Y el Urco dejó de existir como criatura.


La tormenta se detuvo.


El cielo volvió a aclararse.


El silencio llenó el claro.


Solo el sonido del viento entre las hojas.


La batalla había terminado.




A unos metros, Lórien y Elarion seguían frente a frente.


La luz de la batalla iluminaba sus rostros.


Pero algo había cambiado.


Elarion miró la espada en su mano.


Luego el bosque.


Luego a su hermano.


—Siempre creí que la sombra debía dominar.


Lórien bajó su espada lentamente.


—Y estabas equivocado.


Elarion suspiró.


La oscuridad en sus ojos desapareció poco a poco.


—Quizá.


La espada cayó de su mano.


—Quizá el mundo necesitaba aprender algo nuevo.


El Corazón del Bosque habló una última vez.


“El equilibrio ha regresado.”


Las raíces del árbol brillaron.


Una energía suave se extendió por todo Lúmbria.


En el horizonte, el velo entre mundos comenzó a repararse.


La grieta entre el mundo humano y el mágico se cerraba lentamente.


Pero no desaparecía del todo.


Ahora era diferente.


Más estable.


Más equilibrada.


Noa miró el cielo.


—Entonces…


—¿Lo logramos?


Marga sonrió por primera vez en mucho tiempo.


—Sí.


Bastián dejó caer una piedra que aún tenía en la mano.


—Perfecto.


—Porque ya no me quedaban ideas.


Héctor observaba todo con lágrimas en los ojos.


—Dos mundos salvados.


Ainé miró sus manos.


La luz y la sombra seguían allí.


Pero ahora eran suaves.


Tranquilas.


Parte de ella.


Lórien se acercó.


—La llama ha cambiado para siempre.


Ainé miró el bosque.


—No soy solo la llama.


El Corazón del Bosque susurró suavemente.


“Eres el puente.”


Ainé levantó la mirada hacia el horizonte.


El mundo humano estaba al otro lado del velo.


Lúmbria detrás de ella.


Dos mundos.


Un mismo equilibrio.


Y por primera vez en siglos…


ambos podían respirar en paz.




1 comentario:

  1. La paz vuelve.Me gusta el humor de Bastian. Me enamoró el cuento.

    Casi mediodía, huele a beso lento

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