Cuando el otoño
llegó por última vez
a la vieja biblioteca,
el anciano poeta
cerró la ventana.
Había oído
una voz
que llevaba siglos
esperándolo.
Venía
desde el corazón
del bosque.
Era lenta,
profunda,
como el rumor
de la tierra
cuando las raíces
conversan.
Tomó
su bastón
de avellano.
No llevó el códice,
No hacía falta.
Sabía
que hay viajes
en los que las palabras
deben caminar
descalzas.
El sendero
era el mismo
que había recorrido
cuando aún era niño.
Los helechos
lo saludaban.
Los arroyos
reconocían
el sonido
de sus pasos.
Hasta los cuervos
guardaban
un respetuoso silencio.
Al caer
la tarde,
llegó
a un claro
que ningún mapa
se había atrevido
a dibujar.
En su centro
crecía
el Árbol
de los Mil Años.
No era
el más alto
de los bosques.
Ni el más ancho.
Pero toda la luz
del mundo
parecía detenerse
entre sus ramas
antes de continuar
su camino.
Su corteza
estaba escrita.
Con cicatrices.
Cada grieta
era una historia.
Cada nudo,
una promesa.
Cada hoja,
el aliento
de una generación
que había amado
la vida
antes de entregársela
a quienes vendrían después.
El poeta
apoyó
la mano
sobre el tronco.
Sintió
el pulso
de la creación.
El mismo
que había escuchado
el herrero
en el metal
caído del cielo.
El mismo
que el relojero
percibía
entre los engranajes
de los siglos.
El mismo
que la anciana
del Bosque
custodiaba
entre las hojas
del recuerdo.
Todo
conducía
hasta allí.
Entonces,
el árbol
habló.
Con estaciones.
El poeta
vio
el primer brote
abriendo
la tierra.
Vio
a los dragones
cruzar
un cielo
todavía joven.
Vio
a los siete reyes
inclinar
la cabeza
ante el Árbol
de la Memoria.
Vio
la espada
dormir
bajo los robles.
Vio
la Biblioteca
de los Sueños
encender
sus infinitas lámparas.
Y comprendió
que nunca
habían sido
historias distintas.
Todas
eran
las ramas
de un mismo árbol.
Una hoja
descendió
lentamente.
No era verde.
No era dorada.
Parecía hecha
de pergamino.
El poeta
la recogió.
Sobre ella
no había
versos.
Solo una pregunta.
”¿Quién recordará a quienes recuerdan?”
El anciano
cerró los ojos.
Permaneció
mucho tiempo
en silencio.
Hasta que respondió:
—Los poemas.
Porque los hombres
olvidan.
Los imperios
caen.
Las piedras
se desgastan.
Pero mientras exista
una sola voz
capaz de pronunciar
con amor
el nombre
de aquello
que desapareció,
ninguna pérdida
será completa.
El Árbol
pareció sonreír.
Miles de hojas
se desprendieron
al mismo tiempo.
Giraban
como si bailaran
una música
que el viento
apenas conseguía
recordar.
Cada hoja
se convirtió
en un ave.
Cada ave
tomó
un rumbo distinto.
Volaron
hacia montañas,
islas,
desiertos,
ciudades
y aldeas.
No llevaban
mensajes.
Llevaban
inspiración.
Y allí
donde una de ellas
rozaba
el corazón
de un hombre
o de una mujer,
nacía
un cuento.
Una canción.
Una pintura.
Una caricia.
Una palabra
capaz
de vencer
al olvido.
Cuando el vuelo
terminó,
el árbol
había quedado
desnudo.
Pero no parecía
triste.
Los grandes árboles
conocen
el secreto
de las estaciones.
Saben
que perder
también es
una forma
de preparar
la primavera.
El poeta
inclinó
la cabeza.
Agradecido.
Y al alejarse,
no volvió
la vista atrás.
Porque comprendió
que ningún árbol
necesita
ser contemplado
para seguir
dando sombra.
Y una sola hoja bastó para que el bosque aprendiera de nuevo el idioma de la esperanza.
En conjunto y como siempre es un poema delicioso.
ResponderEliminarEl rumor dela tierra cuando las raíces conversan, todo fluye como un renacer, el despertar.
Magnífico.