No llegó
como llegan
las tormentas.
Ni como el fuego
que desciende
sobre los bosques.
Llegó
como llega
el alba.
Despacio.
Sin pedir permiso.
El anciano poeta
subió
por última vez
hasta la colina
donde el Árbol
de la Memoria
había extendido
sus raíces
desde el principio
de los días.
El bastón
pesaba poco.
Los años,
mucho.
Sin embargo,
sus pasos
conservaban
la serenidad
de quien ya no camina
para llegar,
sino para agradecer.
Alrededor del árbol
crecían
los siete robles.
Bajo ellos,
la espada
seguía dormida.
El hierro
había aprendido
el lenguaje
de las raíces.
Ya no recordaba
la guerra.
Solo la paz
que había protegido.
Más allá,
el río
continuaba
su viaje
hacia mares
que ningún mapa
alcanzaba.
Las estrellas,
todavía ocultas,
esperaban
pacientes
su turno
para encender
la noche.
Todo estaba allí.
El herrero
vivía
en el eco
del yunque.
El relojero
en el latido
de los instantes.
La guardiana
en el perfume
de los libros.
El hombre
que hablaba
con las estrellas
en cada viajero
que alzaba
la mirada.
La anciana
del Bosque
en cada recuerdo
que el amor
se negaba
a perder.
Y la Muchacha
del Brote de Encina
esperaba
en silencio,
con la pluma
entre las manos.
El poeta
apoyó
la palma
sobre el tronco.
Sintió
que bajo la corteza
latían
todos los poemas
que habían sido escritos,
y también
los que aún
dormían
en el corazón
de los niños
que todavía
no habían nacido.
Entonces,
el Árbol
abrió lentamente
sus ramas.
Para abrazar
la tierra.
Y el viento
comenzó
a reunir
a todos
los habitantes
del Reino
de las Sombras
de Cristal.
Llegaron
los elfos
con coronas
de acebo.
Los enanos,
cubiertos
por el polvo
de las montañas.
Las hadas,
vestidas
con el brillo
del rocío.
Los dragones,
que plegaron
sus alas
por respeto.
Los gigantes
de piedra.
Los ciervos
blancos.
Los lobos
del bosque antiguo.
Los cuervos,
mensajeros
de la memoria.
Nadie habló.
Porque hay silencios
que son más antiguos
que cualquier lengua.
El anciano
tomó
la pluma.
La hundió
en un tintero
que parecía
hecho
con la noche
y el amanecer
mezclados.
Abrió
el códice.
Las páginas,
por primera vez,
estaban completas.
Solo quedaba
un espacio.
Una línea
en blanco.
La última.
La Muchacha
susurró:
—¿Qué palabra
puede cerrar
un mundo?
El poeta
sonrió.
Negó
lentamente
con la cabeza.
—Ninguna.
Los mundos
no terminan
con una palabra.
Comienzan
cuando alguien
la pronuncia.
Entonces,
escribió.
No un nombre.
No una profecía.
No un reino.
Escribió:
“Esperanza.”
En el mismo instante,
el códice
se cerró
por sí solo.
Con gratitud.
Las raíces
del Árbol
se iluminaron.
Los siete robles
dejaron caer
sus hojas
como una lluvia
de oro.
La espada
bajo la tierra
cantó
por última vez.
Las estrellas
descendieron
un poco más
sobre el mundo.
Y la Biblioteca
de los Sueños Perdidos
abrió
todas sus ventanas,
para que el viento
esparciera
aquella palabra
por los cuatro
confines
del reino.
El anciano
cerró
los ojos.
No hubo tristeza.
Solo descanso.
Su cuerpo
permaneció
bajo el Árbol.
Pero su voz
viajó
con el viento.
Desde entonces,
cada vez
que un niño
abre un libro.
Cada vez
que una madre
cuenta un cuento.
Cada vez
que un anciano
recuerda
un verso.
Cada vez
que alguien
planta un árbol
sabiendo
que será otro
quien disfrute
de su sombra.
Cada vez
que una persona
elige
la belleza
antes
que el miedo.
El Reino
de las Sombras
de Cristal
vuelve
a nacer.
Porque los reinos
no viven
en las piedras.
Ni en los castillos.
Ni siquiera
en la memoria.
Viven
en las palabras
que hacen
mejores
a quienes
las escuchan.
Y cuando
la Muchacha
cerró
el viejo códice,
comprendió
que nunca
había sido
el final.
Solo el instante
en que el libro
dejaba
de pertenecer
a su autor
para pertenecer
a todos
los que algún día
lo abrirían.
Entonces,
el viento
pronunció
por última vez
el nombre
del mundo.
Y el mundo
respondió
con un bosque,
con un río,
con una estrella,
con un poema.
Porque esa
había sido,
desde el principio,
la verdadera
última palabra.
La que nunca
podía escribirse
del todo.
La que cada lector
debía completar
con su propia vida.
Y el mundo ya no aguardó más, porque la última palabra había encontrado un corazón donde vivir.
Es una belleza tu poema
ResponderEliminarHa e falta ese gran corazón.
ResponderEliminarLeerte es más que yo n gozo
Muchas gracias María. 😘😘😘
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