La revelación de Ibn Faraj dejó a todos inmóviles. Elías permanecía junto al cofre, con el rostro endurecido y las manos apoyadas en su bastón. Durante años había ocultado su pasado, y ahora, ante aquellos que habían arriesgado sus vidas siguiendo sus indicaciones, parecía dispuesto a afrontar por fin las consecuencias de su silencio.
—No fui uno de los tres firmantes —dijo al cabo de unos instantes—. Pero estuve presente cuando se selló el pacto.
Ibn Faraj soltó una carcajada breve.
—Siempre has sido hábil con las palabras, Elías. Estuviste allí, conociste a los tres hombres y participaste en sus decisiones. ¿Qué diferencia hay?
—La diferencia es que ellos juraron proteger a los inocentes. Yo juré guardar lo que sucediera después.
Samuel se acercó lentamente.
—¿Eras el cuarto?
Elías asintió.
—Mi verdadero nombre es Yusuf ibn Salim. Elías fue el nombre que adopté cuando tuve que abandonar mi casa y desaparecer de los registros.
Aixa lo observó con asombro.
—Entonces has vivido ocultando tu identidad durante treinta años.
—Más de treinta. Y he visto cómo una promesa destinada a proteger a las familias se convertía en una amenaza para sus descendientes.
Martín apretó los puños.
—¿Y mi padre? ¿Qué sabes de él?
El anciano bajó la mirada.
—Tu padre descubrió que yo había ocultado una parte esencial del pacto. Vino a buscarme hace tres años, convencido de que el manuscrito podía demostrar quién había organizado la traición. Le advertí que aquella búsqueda podía destruir a quienes intentaba proteger, pero no quiso abandonar su propósito.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé. Después de nuestra última conversación, se marchó hacia el norte. Desde entonces no he recibido noticias suyas.
Martín sintió una mezcla de alivio y frustración. Su padre podía seguir vivo, pero continuaba sin saber dónde encontrarlo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no sabía si podía confiar en ti. Y porque tu padre me pidió que no te involucrara mientras hubiera una posibilidad de mantenerte al margen.
—Ya no estoy al margen —respondió Martín—. Me habéis conducido hasta aquí y ahora todos esperan que decida qué hacer con una historia que ni siquiera conozco por completo.
Elías aceptó el reproche sin defenderse.
—Tienes razón.
Ibn Faraj dio un paso hacia el cofre.
—Basta de confesiones. Hemos venido a recuperar el manuscrito.
Rodrigo se interpuso.
—No vas a llevártelo.
—No comprendes lo que está en juego, Rodrigo de Lara. Toledo se encuentra al borde de un cambio que nadie podrá detener. Los señores cristianos avanzan, las familias de la ciudad buscan garantías y los hombres que gobiernan intentan conservar su poder. Si este documento cae en manos equivocadas, las disputas antiguas volverán a convertirse en sangre.
—¿Y tú pretendes evitarlo entregándolo a los Valcárcel?
Ibn Faraj sostuvo su mirada.
—Pretendo impedir que una guerra nueva se construya sobre una mentira antigua.
Aixa intervino con firmeza.
—Entonces deberías permitir que se conozca la verdad, en lugar de decidir quién tiene derecho a guardarla.
—La verdad no siempre trae justicia, mujer. A veces solo ofrece a los poderosos una nueva excusa para castigar a los débiles.
—Eso no te concede el derecho a ocultarla.
Por un momento, Ibn Faraj pareció dispuesto a responder, pero un ruido procedente de la escalera lo hizo volverse. Desde arriba llegaban voces y golpes. Los hombres que habían perseguido al grupo habían encontrado la entrada.
Rodrigo miró a Martín.
—Tenemos que actuar deprisa.
Martín se acercó al cofre. El hierro de la cerradura estaba cubierto de óxido, pero la llave que habían encontrado en la casa de las tres lenguas encajaba perfectamente. La introdujo y giró.
El mecanismo cedió con un chasquido.
Dentro había un volumen de pergaminos, envuelto en una tela rojiza. Junto a él descansaba una pequeña caja de madera y una carta sellada con cera oscura.
Samuel tomó el primer documento y comenzó a leer. Aixa se inclinó a su lado, siguiendo las líneas en árabe, mientras Yusef examinaba las anotaciones hebreas.
—Aquí está el pacto original —dijo Samuel—. Los tres nombres, las condiciones y la relación de las familias protegidas.
Martín abrió la carta.
La letra le resultó familiar. Era la misma que había encontrado en el mensaje de su padre.
«A quien encuentre este documento:
La traición no comenzó con el hombre que entregó los nombres. Antes de que el pacto fuera sellado, ya había quienes deseaban utilizarlo para extender su poder sobre las tierras del Tajo. Los tres firmantes conocían el peligro, pero creyeron que podrían mantenerlo bajo control.
Uno de ellos aceptó finalmente la oferta de un señor poderoso. Entregó los nombres de las familias protegidas y recibió a cambio tierras y salvoconducto para los suyos. Los otros dos pagaron con sus vidas.
Yo, que no había jurado con ellos, recibí la tarea de conservar la memoria de lo sucedido. No para vengar a los muertos, sino para impedir que sus descendientes heredaran una culpa que no les correspondía.
Si este documento ha llegado hasta ti, recuerda que ningún linaje puede ser condenado por los actos de un antepasado. La justicia comienza cuando dejamos de confundir la sangre con la responsabilidad».
Martín terminó de leer. El silencio de la cámara parecía más profundo que antes.
—Entonces los Valcárcel no pueden ser culpables solo por su apellido —dijo.
—Exactamente —respondió Elías—. Lo que importa es lo que han hecho con el secreto y lo que pretenden hacer ahora.
Rodrigo examinó la carta.
—¿Quién fue el señor que ofreció protección al traidor?
Samuel pasó las páginas hasta encontrar una anotación marginal. La tinta estaba desvaída, pero el nombre podía leerse.
—Aquí aparece: «Al-Muqtadir».
Yusef frunció el ceño.
—El gobernante de Zaragoza.
—Su influencia alcanzaba estas tierras —explicó Samuel—. Pero debemos comprobar cuándo se escribió esta nota. No podemos atribuirle toda la responsabilidad sin conocer las fechas y las circunstancias.
Elías asintió.
—La oferta fue anterior a la traición. El pacto se quebró después, cuando los tres hombres ya habían comenzado a proteger a las familias.
Aixa examinó la caja de madera que había dentro del cofre. En su interior encontró varios sellos, una pequeña cruz de plata y una hoja doblada.
—Aquí hay otro nombre.
Martín se acercó.
La hoja contenía una lista de testigos y, al final, una anotación:
«El custodio de la memoria responderá ante los hijos de los firmantes cuando las dos tierras vuelvan a encontrarse en guerra».
Elías inclinó la cabeza.
—Por eso os he conducido hasta aquí. El momento que temían los fundadores ha llegado. Las disputas de los reinos vuelven a amenazar a las familias que viven entre ellos.
—Pero Toledo aún no ha caído —dijo Rodrigo.
—No —respondió Samuel—. Y precisamente por eso todavía podemos impedir que el miedo convierta la ciudad en un campo de venganza.
Ibn Faraj observaba los documentos sin intervenir. Su expresión había cambiado. Ya no parecía tener tanta prisa por apoderarse del cofre.
—¿Qué haréis con el manuscrito? —preguntó finalmente.
Martín miró a Aixa, a Samuel y a Rodrigo. Después volvió los ojos hacia Elías.
—No lo entregaremos a los Valcárcel ni a ningún señor que quiera utilizarlo para reclamar tierras o castigar familias. Primero tendremos que comprobar lo que contiene y averiguar quién está detrás de la conspiración.
—Eso puede llevaros a enfrentamientos que no podréis controlar —advirtió Ibn Faraj.
—Ya estamos en ellos —respondió Martín.
Desde la escalera llegó un grito. Los perseguidores estaban cada vez más cerca.
Rodrigo señaló un pasadizo estrecho que se abría detrás del cofre.
—Por ahí.
Samuel comenzó a guardar los documentos, pero Elías lo detuvo.
—No podemos llevarnos el original entero. Si nos capturan, todo el secreto caerá en sus manos.
Martín abrió la pequeña caja y encontró una segunda envoltura, mucho más fina, que contenía una copia parcial del pacto.
—Llevaremos esto. El original debe permanecer oculto.
Aixa asintió.
—Y tendremos que hacer copias en las tres lenguas. Si una desaparece, las otras conservarán la memoria.
Samuel tomó la copia y la guardó bajo su ropa.
—Así empezó el pacto: con tres voces. No permitiremos que vuelva a quedar reducido a una sola.
Ibn Faraj se apartó del pasadizo.
—Marchaos. Yo me ocuparé de los hombres de arriba.
Rodrigo lo miró con desconfianza.
—¿Por qué habríamos de creerte?
—Porque si quisiera entregaros, ya estaríais encadenados.
Elías observó al guerrero.
—No olvides que los hombres a quienes sirves también pueden traicionarte.
—Lo sé —respondió Ibn Faraj—. Por eso he venido a buscar la verdad.
El grupo comenzó a internarse en el corredor. Martín fue el último en abandonar la cámara. Antes de marcharse, miró a Elías.
—Todavía quedan muchas preguntas.
—Y tendrás que aprender a vivir con algunas de ellas.
—No pienso dejar de buscar a mi padre.
El anciano asintió.
—Entonces sigue el camino que él abrió. Pero recuerda que encontrarlo no significa necesariamente recuperar la vida que tenías antes.
Martín guardó silencio y siguió a los demás.
El pasadizo desembocaba junto a un antiguo canal, desde donde pudieron salir a una calle estrecha. Al llegar al exterior, la luz del día había avanzado sobre los tejados de Toledo. La ciudad seguía con su actividad cotidiana, ajena a la lucha que se desarrollaba bajo sus calles.
Rodrigo caminaba junto a Martín, pensativo.
—Mi padre sabía que algún día encontraríamos este documento —dijo.
—¿Crees que conocía la verdad?
—Quizá una parte. Pero ahora tengo que averiguar por qué me ocultó todo aquello.
Aixa se acercó a ellos.
—Lo primero será encontrar un lugar seguro para estudiar los documentos. Después podremos decidir cómo actuar.
Samuel señaló una calle que conducía hacia el barrio judío.
—Conozco una casa donde podremos trabajar sin llamar la atención. Pero antes debemos averiguar quién ha informado a Ibn Faraj de nuestros movimientos.
Martín miró hacia las murallas, donde ya comenzaban a circular rumores sobre los movimientos de las tropas cristianas.
La ciudad parecía sostenerse sobre una calma frágil. En sus mercados convivían lenguas y costumbres distintas, pero bajo aquella vida compartida se acumulaban temores, ambiciones y viejas heridas. El manuscrito no iba a resolverlas por sí solo.
Y mientras el grupo se alejaba de la casa subterránea, Martín comprendió que la verdad que buscaba su padre no consistía únicamente en descubrir al traidor de 1054. También debía impedir que los hombres de su tiempo utilizaran aquella antigua culpa para justificar nuevas injusticias.
En algún lugar de Toledo, los Valcárcel ya sabían que el cofre había sido abierto.
Y ahora tenían un motivo más para encontrar a Martín
También había pensado que la historia se desarrolla en tiempo de las cruzadas
ResponderEliminar.Los padres de los chicos, el año 1059. La memoria.
Todo me resulta aún interesante e Intrigante.
Cómo quiera que las historia se torna bastante bien, quedan muchos
Interrogantes.
La primera cruzada fue en 1096 y los templarios se fundaron en 1118-19. No van por ahí los tiros, pero podría ser que el narrador de esta historia, que reúne textos de tradición oral, se haya inventado cualquier pretexto para incluirlos en su novela. Quién puede saberlo? No todo está escrito aún, pero todo sigue el camino de la literatura.
EliminarBesos siempre María.
Besos siempre Gustavo.
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