La simplificación llegó con buenas intenciones.
Se hablaba de reconciliación, de cerrar heridas, de no heredar rencores que ya no pertenecían a nadie. El lenguaje era amable, casi terapéutico. Precisamente por eso resultaba difícil sin parecer excesivo.
—Todos hicieron lo que pudieron —decían—. Eran otros tiempos.
Tomás escuchó esa frase en más de un lugar. Funcionaba como un bálsamo: igualaba, diluía, tranquilizaba. Convertía las decisiones en circunstancias y las responsabilidades en fatalidades.
Elena sintió un rechazo inmediato. No visceral, lúcido.
—Eso no es comprender —dijo—. Es alisar.
La simplificación no negaba el sufrimiento. Lo repartía de manera equitativa, hasta hacerlo abstracto. Nadie quedaba señalado. Nadie aprendía nada concreto. El pasado se volvía soportable a costa de volverse inútil. Y eso no era realidad.
En una mesa redonda, alguien habló de “errores colectivos”. Elena pensó en los nombres propios, en las órdenes firmadas, en las consecuencias precisas. Pensó en lo mucho que había costado conservar esos detalles para que ahora fueran considerados incómodos.
Madrid acogió la simplificación con alivio. Era una ciudad cansada de explicarse. Prefería un relato que no exigiera posicionarse.
Tomás comprendió entonces que ese era el punto más peligroso de todos: cuando la memoria dejaba de incomodar, cuando ya no obligaba a elegir.
Porque una historia sin aristas no enseñaba nada.
Solo permitía seguir adelante sin mirar atrás.
Y eso, supieron ambos, era una forma elegante de cerrar el pasado en falso.
Me gusta como escribes, con naturalidad y tremendamente inteligente.
ResponderEliminarBesos Gustavo, siempre.