Capítulo I
La llama que cambió
La lluvia seguía cayendo, las gotas golpeaban el asfalto con un sonido constante que llenaba la calle vacía. Durante unos segundos nadie habló. El portal había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Pero todos sabían que sí.
Ainé seguía arrodillada en el suelo, respirando con dificultad, sentía el corazón latiendo con fuerza dentro del pecho. No solo por el esfuerzo, había algo más. Algo nuevo. Algo que no entendía.
—Ainé —dijo Lórien con suavidad.
El elfo se arrodilló a su lado.
—¿Estás bien?
La joven hada levantó la mirada. Sus ojos reflejaban la luz amarilla de la farola.
—Creo que sí.
Pero cuando abrió la mano, todos lo vieron. Una pequeña llama apareció sobre su palma.Durante un segundo fue dorada. Cálida. Viva.
Pero entonces algo oscuro atravesó el fuego como una sombra dentro de la luz. La llama cambió y un destello negro apareció en su interior.
Y luego desapareció.
Marga frunció el ceño.
—Eso no es normal.
Noa también lo vio.
—¿Te pasa desde que cerramos el portal?
Ainé asintió lentamente.
—Cuando el Urco me miró…
La joven hada dudó.
—Sentí algo.
Bastián habló desde detrás de un contenedor de basura donde aún estaba escondido.
—¿Algo como “nos quiere comer”?
—No —respondió Ainé.
—Algo… más profundo.
Lórien se levantó.
Miró la calle.
Todo parecía tranquilo, las ventanas de los edificios, los coches aparcados, todo. Pero sabía que no.
—No podemos quedarnos aquí.
Noa guardó el medallón en su mochila.
—Estoy de acuerdo.
—Si alguien vio ese destello de luz vamos a tener preguntas.
Bastián salió de su escondite.
Miró a su alrededor.
—Los humanos viven muy raro.
—Todo es duro.
—Y huele a humo.
—Es ciudad —dijo Noa.
Luego miró a Ainé con atención.
—Y ahora mismo no es un lugar seguro para vosotros.
Marga levantó una ceja.
—¿Tienes algún sitio mejor?
Noa sonrió ligeramente.
—Sí.
Señaló hacia el final de la calle.
—Pero no está exactamente… en el mapa.
Ainé se levantó con esfuerzo.
La lluvia mojaba sus alas, que brillaban tenuemente bajo la luz de las farolas.
—¿A dónde vamos?
Noa respondió mientras empezaba a caminar.
—A ver a los guardianes.
Lórien se tensó.
—Pensé que tú eras una guardiana.
—Soy una aprendiz.
Bastián suspiró.
—Genial.
—Siempre hay jefes.
Caminaron varias calles en silencio. La ciudad parecía dormida.
Solo algunos coches pasaban de vez en cuando.
Y cada vez que uno lo hacía, Bastián se apartaba rápidamente.
—Todavía no me gustan esos dragones metálicos.
Finalmente llegaron a un edificio antiguo de piedra.
Era diferente a los demás.
Más oscuro. Más viejo.
Una iglesia pequeña, casi olvidada entre los bloques modernos.
Noa se detuvo frente a la puerta.
—Aquí.
Marga observó la construcción.
—Un lugar de fe.
—Los humanos siempre esconden la magia donde menos miran.
Noa empujó la puerta. La madera crujió al abrirse.
Dentro todo estaba oscuro. Solo algunas velas iluminaban el interior, pero lo más extraño estaba en el suelo.
Un gran círculo de símbolos grabados en piedra.
Símbolos antiguos.
Mucho más antiguos que la iglesia.
Lórien lo reconoció al instante.
—Runas del velo.
Noa asintió.
—Exacto.
Entonces una voz grave habló desde la oscuridad.
—Has tardado, Noa.
Una figura salió de entre las sombras.
Un hombre mayor de cabello gris y ojos atentos miró directamente a Ainé como si hubiera estado esperándola toda su vida.
—Así que es verdad.
El silencio llenó la iglesia.
El hombre caminó lentamente hacia ellos.
—La llama ha despertado.
Ainé sintió un escalofrío.
—¿Quién es usted?
El hombre sonrió ligeramente.
—Mi nombre es Héctor Valcárcel.
Luego señaló el símbolo en el suelo.
—Y soy el último maestro de los Guardianes del Velo.
Sus ojos se volvieron más serios.
—Y si habéis venido desde Lúmbria…
Significaba solo una cosa.
El anciano respiró profundamente.
—La guerra entre mundos ha comenzado.
Y esta vez…
no será solo en los bosques, será también en el mundo humano.

Hace algo de frío y tengo un té caliente entre las manos y me reconforta tu texto, mucho. El gran secreto de los dos mundos.
ResponderEliminarEs e inicio de la última parte del cuento. Por aquí llueve.
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