El códice hallado bajo el Árbol de los Mil Años
No sé
quién escribió
estas páginas.
Durante muchos inviernos
creí
que habían nacido
de la mano
de un solo poeta.
Después,
cuando aprendí
a leer
los silencios
que separan
unos versos
de otros,
comprendí
mi error.
Ningún hombre
habría vivido
lo suficiente
para contemplar
el nacimiento
de los primeros bosques,
la guerra
contra la Niebla Negra,
el relojero
de los siglos,
la Biblioteca
de los Sueños Perdidos
y el último canto
del poeta.
Este libro
es más antiguo
que quien lo escribió.
Lo encontré
cuando apenas
era un muchacho.
Había subido
a la montaña
siguiendo
la historia
de un pastor
que aseguraba
haber visto
un árbol
cuyas hojas
caían
sin tocar jamás
el suelo.
Pensé
que exageraba.
Los viejos
siempre adornan
sus recuerdos
con un poco
de eternidad.
Pero el árbol
existía.
Era inmenso.
Su copa
parecía sostener
la mañana.
Y sus raíces
abrazaban
la tierra
como si quisieran
impedir
que el tiempo
la arrastrara
hacia el olvido.
Allí,
entre dos raíces,
descansaba
un pequeño cofre
de madera oscura.
No tenía
cerradura.
Nadie
había intentado
forzarlo.
Cuando levanté
la tapa,
no encontré
oro.
Ni joyas.
Ni coronas.
Solo este códice.
Sus hojas
olían
a lluvia.
A humo
de chimeneas.
A pan recién hecho.
A musgo.
A tinta.
Y a ese perfume
que poseen
los libros
que han esperado
mucho tiempo
a su lector.
Durante años
intenté descubrir
el nombre
de su autor.
Pregunté
a monjes,
a sabios,
a viajeros,
a bardos,
a reyes
y a mendigos.
Todos
me dieron
una respuesta distinta.
Y todos
tenían razón.
Porque comprendí,
al fin,
que este libro
no pertenece
a quien lo escribió.
Pertenece
a quien lo recuerda.
Desde entonces,
cada primavera
regreso
al Árbol
de los Mil Años.
No para buscar
nuevos secretos.
Los grandes secretos
solo se revelan
una vez.
Regreso
para dejar
una hoja
entre sus raíces.
No importa
de qué árbol
proceda.
Lo importante
es el gesto.
Porque toda hoja
es una promesa.
La promesa
de que alguien,
en algún tiempo,
volverá
a sentarse
bajo su sombra.
Si alguna vez
este códice
ha llegado
hasta tus manos,
no preguntes
si las historias
que contiene
ocurrieron
de verdad.
Pregúntate,
más bien,
si después
de leerlas
eres capaz
de mirar
un bosque
con más respeto,
una estrella
con más asombro,
un libro
con más gratitud,
o una palabra
con más cuidado.
Si la respuesta
es sí,
entonces
el Reino
de las Sombras
de Cristal
nunca desapareció.
Solo esperaba
a que tú
abrieras
estas páginas.
Ahora,
el códice
ya no me pertenece.
Tampoco
te pertenece
a ti.
Pertenece
a todos
los que aún
creen
que una historia
puede salvar
una parte
del mundo.
Guárdalo.
Léelo.
Compártelo.
Y cuando,
alguna noche,
escuches
el viento
entre las hojas
de un viejo árbol,
no tengas prisa
por marcharte.
Tal vez
no sea
el viento.
Tal vez
sea un bardo
que continúa
cantando
para que el mundo
no olvide
su verdadero nombre.
Y si alguna vez
al cerrar este libro
te parece
haber oído
el leve roce
de unas alas,
no vuelvas
la cabeza.
Los viejos bardos
decían
que así parten
los poemas
cuando encuentran
un nuevo corazón
en el que vivir.
Fin…
…o quizá, simplemente, el principio.
Los versos nacen de los silencios, el enigma del códice . La naturaleza, el mundo.. Los seres fantásticos.
ResponderEliminarComo siempre un placer leerte.