Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

sábado, 29 de agosto de 2026

El canto del árbol de los mil años


Cuando el otoño

llegó por última vez

a la vieja biblioteca,

el anciano poeta

cerró la ventana.

Había oído 

una voz

que llevaba siglos

esperándolo.

Venía

desde el corazón

del bosque.

Era lenta,

profunda,

como el rumor

de la tierra

cuando las raíces

conversan.

Tomó

su bastón

de avellano.

No llevó el códice,

No hacía falta.

Sabía

que hay viajes

en los que las palabras

deben caminar

descalzas.

El sendero

era el mismo

que había recorrido

cuando aún era niño.

Los helechos

lo saludaban.

Los arroyos

reconocían

el sonido

de sus pasos.

Hasta los cuervos

guardaban

un respetuoso silencio.

Al caer

la tarde,

llegó

a un claro

que ningún mapa

se había atrevido

a dibujar.

En su centro

crecía

el Árbol

de los Mil Años.

No era

el más alto

de los bosques.

Ni el más ancho.

Pero toda la luz

del mundo

parecía detenerse

entre sus ramas

antes de continuar

su camino.

Su corteza

estaba escrita.

Con cicatrices.

Cada grieta

era una historia.

Cada nudo,

una promesa.

Cada hoja,

el aliento

de una generación

que había amado

la vida

antes de entregársela

a quienes vendrían después.

El poeta

apoyó

la mano

sobre el tronco.

Sintió

el pulso

de la creación.

El mismo

que había escuchado

el herrero

en el metal

caído del cielo.

El mismo

que el relojero

percibía

entre los engranajes

de los siglos.

El mismo

que la anciana

del Bosque

custodiaba

entre las hojas

del recuerdo.

Todo

conducía

hasta allí.

Entonces,

el árbol

habló.

Con estaciones.

El poeta

vio

el primer brote

abriendo

la tierra.

Vio

a los dragones

cruzar

un cielo

todavía joven.

Vio

a los siete reyes

inclinar

la cabeza

ante el Árbol

de la Memoria.

Vio

la espada

dormir

bajo los robles.

Vio

la Biblioteca

de los Sueños

encender

sus infinitas lámparas.

Y comprendió

que nunca

habían sido

historias distintas.

Todas

eran

las ramas

de un mismo árbol.

Una hoja

descendió

lentamente.

No era verde.

No era dorada.

Parecía hecha

de pergamino.

El poeta

la recogió.

Sobre ella

no había

versos.

Solo una pregunta.

”¿Quién recordará a quienes recuerdan?”

El anciano

cerró los ojos.

Permaneció

mucho tiempo

en silencio.

Hasta que respondió:

—Los poemas.

Porque los hombres

olvidan.

Los imperios

caen.

Las piedras

se desgastan.

Pero mientras exista

una sola voz

capaz de pronunciar

con amor

el nombre

de aquello

que desapareció,

ninguna pérdida

será completa.

El Árbol

pareció sonreír.

Miles de hojas

se desprendieron

al mismo tiempo.

Giraban

como si bailaran

una música

que el viento

apenas conseguía

recordar.

Cada hoja

se convirtió

en un ave.

Cada ave

tomó

un rumbo distinto.

Volaron

hacia montañas,

islas,

desiertos,

ciudades

y aldeas.

No llevaban

mensajes.

Llevaban

inspiración.

Y allí

donde una de ellas

rozaba

el corazón

de un hombre

o de una mujer,

nacía

un cuento.

Una canción.

Una pintura.

Una caricia.

Una palabra

capaz

de vencer

al olvido.

Cuando el vuelo

terminó,

el árbol

había quedado

desnudo.

Pero no parecía

triste.

Los grandes árboles

conocen

el secreto

de las estaciones.

Saben

que perder

también es

una forma

de preparar

la primavera.

El poeta

inclinó

la cabeza.

Agradecido.

Y al alejarse,

no volvió

la vista atrás.

Porque comprendió

que ningún árbol

necesita

ser contemplado

para seguir

dando sombra.


Y una sola hoja bastó para que el bosque aprendiera de nuevo el idioma de la esperanza.


1 comentario:

  1. En conjunto y como siempre es un poema delicioso.
    El rumor dela tierra cuando las raíces conversan, todo fluye como un renacer, el despertar.

    Magnífico.

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