Vivía
en una casa
sin puertas.
Todo aquel
que necesitaba encontrarla
acababa llegando,
aunque jamás
hubiera recorrido
el mismo camino.
La casa
se alzaba
sobre un acantilado
desde el que podían verse
todos los amaneceres
del mundo.
Allí,
rodeado
de relojes
que nadie había construido,
habitaba
el viejo relojero.
Su cabello
tenía el color
de la escarcha.
Sus manos
olían
a cedro,
a pergamino
y a lluvia.
Cada mañana,
cuando el alba
aún bostezaba
sobre las montañas,
abría
las ventanas
del tiempo.
Entraban
primaveras antiguas.
Veranos
que todavía
no habían nacido.
Otoños
perdidos
en la memoria
de algún niño.
E inviernos
que esperaban,
pacientes,
su turno
para cubrir
de silencio
los caminos.
Nadie comprendía
su oficio.
Porque el viejo
no reparaba
relojes.
Reparaba
instantes.
Si un anciano
olvidaba
la voz
de su madre,
él buscaba
entre miles
de engranajes
hasta encontrar
aquel segundo
en que la había escuchado
por última vez.
Si un niño
despertaba
sin capacidad
de asombro,
el relojero
aflojaba
un diminuto resorte
en el corazón
de la mañana,
y el canto
de un petirrojo
bastaba
para devolverle
el milagro.
Una tarde,
llamó
a su ventana
la Muchacha
del Brote de Encina.
Ya no era
una niña.
Pero en sus manos
seguía llevando
una pequeña rama,
verde,
como si la guerra
jamás hubiera conseguido
marchitarla.
—Maestro…
—dijo—
¿Puede detenerse
el tiempo?
El anciano
sonrió.
Tomó
un reloj
sin agujas
y lo colocó
sobre la mesa.
—Mira.
La muchacha
obedeció.
No ocurrió nada.
Solo silencio.
Entonces
el relojero
cerró los ojos.
Y preguntó:
—¿Has amado alguna vez
un instante
hasta desear
que no terminara?
Ella inclinó
la cabeza.
—Sí.
—Entonces
ya sabes
que el tiempo
puede detenerse.
No en los relojes.
En el corazón.
Guardó el reloj
en una caja
de madera blanca.
Después
abrió la ventana.
Una hoja
de los siete robles
entró
girando lentamente
hasta posarse
sobre el banco
de trabajo.
El anciano
la contempló
como quien lee
una carta
largamente esperada.
—Ha llegado
la hora.
—¿La hora
de qué?
El relojero
miró
hacia el horizonte,
donde una estrella
acababa
de encenderse
en pleno día.
Y respondió:
—La hora
de descubrir
que hay relojes
que miden los siglos…
y otros
que solo existen
para contar
los latidos
de un alma.
Aquella noche,
todos los relojes
de la casa
dejaron de sonar
al mismo tiempo.
Porque,
durante un instante,
el universo entero
guardó silencio
para escuchar
cómo florecía
una nueva semilla
bajo la tierra.
Y el tiempo sonrió, porque nadie había intentado apresarlo, sino comprenderlo.
Es un texto me atrevo a decir , para comérselo.
ResponderEliminarSus manos olían a cedro, a pergamino y a lluvia. Lo más potente es la frase: todos los amaneceres del mundo.
Que tengas un buen día Gustavo.
😘😘😘
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