Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 6 de abril de 2026

Los Hijos del Velo-7

 




Capítulo VII

Lo que regresa


El bosque no respiraba igual.


Había un hueco.


Invisible.


Pero presente.


Mateo lo sentía.


Como un eco.


Como si algo estuviera llamando desde… ningún sitio.


Ainé lo observaba en silencio.


Sabía que ese momento llegaría.


Pero no sabía si estaban preparados.


—No tienes que hacerlo —dijo suavemente.


Mateo negó con la cabeza.


—Si no lo hago…


—seguirán desapareciendo cosas.


Marga apretó el bastón.


—Y si lo haces mal…


No terminó la frase.


No hacía falta.


Mateo se acercó al vacío.


Donde antes había árboles.


Cerró los ojos.


Respiró.


Y dejó de intentar entenderlo.


Solo… sintió.


El mundo.


El bosque.


El hueco.


Y más allá algo.


De repente lo vio.


No con los ojos.


Un espacio oscuro.


Fragmentos flotando.


Los árboles.


Pero no estaban muertos.


Estaban… esperando.


Mateo susurró:


—Estáis ahí…

Extendió la mano.


—Volved.


El aire vibró.


El espacio se tensó.


Y de repente un árbol apareció.


De golpe.


Raíces.


Tronco.


Hojas.


Todo en su sitio.


Pero algo no encajaba.


El árbol se movió.


No con el viento.


Por sí mismo.


Lentamente.


Como si despertara.


Marga retrocedió.


—Eso no es natural…


El árbol giró ligeramente.


Como si mirara.


Ainé lo entendió al instante.


—No está completo.


Mateo dio un paso atrás.


—Pero… lo he traído de vuelta…


Ainé negó.


—Has traído su forma.


Silencio.


—Pero no su esencia.


El árbol tembló.


Su corteza se agrietó.


Por dentro no había vida.


Había vacío.


De repente…


se retorció.


Y una onda invisible salió de él.


Todo a su alrededor comenzó a distorsionarse.


Lórien se lanzó hacia adelante.


—¡Atrás!


Cortó el tronco de un golpe.


Pero no sirvió de nada.


Las partes no cayeron.


Se deshicieron.


En nada.


El vacío creció.


Más grande que antes.


Mateo cayó de rodillas.


—No… no… no…


Ainé corrió hacia él.


—No es culpa tuya.


Pero ambos sabían la verdad.


Había empeorado.


Entonces el aire se rasgó.


La grieta apareció.


Más estable.


Más grande.


Y de ella salió Adrián.


Pero ya no parecía humano del todo.


Su presencia era pesada.


Más real.


Y menos.


—Interesante —dijo.


Miró el vacío.


Luego a Mateo.


—Has abierto el camino.


Mateo lo miró.


Con miedo.


—No quería.


Adrián inclinó la cabeza.


—No importa.


Pausa.


—Era inevitable.


Adrián levantó la mano.


Y el vacío respondió.


Se expandió.


Como si le obedeciera.


Ainé se tensó.


—Ahora lo controla…


Mateo gritó:


—¡DETENTE!


Y algo ocurrió.


El vacío tembló.


Por un instante se detuvo.


Adrián lo miró sorprendido.


—Así que puedes resistir…


Sonrió.


—Eso lo hace más interesante.


Ainé se lanzó.


El equilibrio explotó a su alrededor.


Chocó contra Adrián.


Esta vez sí hubo impacto.


Pero también resistencia.


El choque sacudió todo el bosque.


Por primera vez Adrián no retrocedió fácilmente.


—Estoy aprendiendo —dijo.


Y contraatacó.


Una ola de vacío avanzó hacia ellos.


Lórien y Marga intentaron detenerla.


Pero la magia no funcionaba igual.


Ainé concentró todo su poder.


Más que nunca.


La luz y la sombra giraron con violencia.


Pero algo era diferente.


Le costaba.


Más de lo normal.


Entonces lo recordó.


Cada vez que usaba ese poder acercaba el mundo a Aetherya.


Mateo gritó:


—¡Ainé, no!


Pero era tarde.


Ella ya había decidido.


—No hay otra opción.


Liberó toda la energía.


La explosión fue brutal.


El vacío retrocedió.


Adrián fue lanzado hacia atrás.


La grieta se inestabilizó.


Y se cerró.


Silencio.


El bosque volvió a la calma.


Pero no a la normalidad.


Había más vacío.


Más grietas invisibles.


Mateo respiraba con dificultad.


—Esto… va a peor…


Ainé no respondió.


Miró sus manos.


La luz y la sombra seguían ahí.

Pero algo en ellas había cambiado.

Ainé susurró:

—Cada vez que luchamos…les ayudamos.

Silencio total.

El viento recorrió el bosque.

Y por primera vez nadie tenía una respuesta.

Porque el enemigo no solo avanzaba el propio mundo lo estaba trayendo de vuelta


miércoles, 1 de abril de 2026

Para Respirar

 He visto en la basura

Un puñao de besos

Tiritando de frio

Apretujaos, presos,

Intentado escapar

En un afán de bravura

A la caza de  unos labios

Que les abrigue del invierno.


Besos presos, besos perdidos

Que escapan por el aire al vacío.

¿Donde están sus dueños?

¿Cuál es su destino? 

Preguntan al aire,

Al mismo que derrama 

Las hojas 

De los arboles sin sentido.

Dime qué hacer si nada

De lo que veo tiene motivo 

Para respirar

¡Para respirar!



Los Hijos del Velo -6

 




Capítulo VI: La respuesta del Corazón


El bosque tardó en reaccionar. Durante largos minutos nadie habló, nadie se movió. Donde antes había árboles, ahora no había nada: ni troncos, ni raíces, ni siquiera tierra removida. Solo vacío. Marga fue la primera en romper el silencio. Se arrodilló lentamente, apoyó la mano en el suelo y cerró los ojos, como si buscara algo más allá de lo visible. —No los siento… —susurró con la voz quebrada. Lórien frunció el ceño, inquieto. —¿Qué significa eso? Marga tragó saliva antes de responder. —Significa que no murieron… significa que nunca existieron. El aire pareció volverse más denso, más pesado, como si el propio bosque rechazara esa verdad. Entonces el suelo tembló. Un latido profundo, antiguo, recorrió cada rincón del bosque, vibrando en los huesos, en la tierra, en el aire. El Corazón del Bosque. Ainé se giró de inmediato, con los ojos muy abiertos. 

—Nos está llamando. 

Lórien no dudó ni un instante.

 —Entonces vamos.

 Mateo vaciló apenas un segundo, atrapado entre el miedo y algo que no terminaba de comprender, pero finalmente corrió tras ellos.


El camino hacia el Corazón nunca era igual. Los árboles parecían moverse cuando no los mirabas, las raíces cambiaban de lugar, y el bosque entero podía guiarte… o perderte. Pero esta vez no hubo duda. Todo se abría ante ellos, como si el propio bosque tuviera prisa, como si algo urgente los empujara hacia adelante. Cuando llegaron, el claro brillaba más que nunca. El árbol gigantesco respiraba luz, pero no era una luz serena. Era inestable. Dolorosa. Ainé dio un paso adelante, sintiendo cómo esa inquietud se le clavaba en el pecho. 

—Algo va mal.

 El árbol respondió, no con palabras, sino con una sensación que atravesó a todos: miedo. Era la primera vez que el Corazón sentía miedo.


Ainé apoyó la mano en la corteza y el mundo desapareció.


Vio Aetherya, pero no como antes. No como un recuerdo, sino como un instante vivo. El momento exacto de la ruptura. La luz separándose. La sombra desgarrándose. El nacimiento de dos realidades. Pero había algo más. Algo que no encajaba. Fragmentos que no pertenecían ni a la luz ni a la sombra, piezas imposibles que no podían formar parte de ninguno de los dos lados. Esos fragmentos no fueron integrados. Fueron expulsados. Y entonces la verdad la golpeó con una fuerza insoportable: no fue un accidente. Fue una decisión. Para crear el mundo actual, algo tuvo que ser rechazado. Y ese algo… eran los Nul.


La voz del Corazón apareció en su mente, profunda y antigua. “El equilibrio no estaba completo.” Ainé tembló. 

—Entonces… ¿el mundo está mal? 

Hubo un silencio breve, pesado. “Está incompleto.” La visión cambió. Se vio a sí misma usando su poder, uniendo luz y sombra, restaurando lo que parecía roto. Pero cada vez que lo hacía, algo más ocurría. Pequeñas grietas aparecían en la realidad, fisuras invisibles que se extendían como heridas.

 —No… —murmuró. 

“El equilibrio actual es temporal”, respondió el Corazón. 

—¿Qué significa eso?

 Entonces llegó la verdad, clara e imposible de ignorar. 

“Cada vez que usas el equilibrio acercas el mundo a su forma original.”

 El silencio se volvió absoluto. 

—Aetherya —susurró Ainé. 

“Sí.”


Volvió de golpe al bosque, cayendo de rodillas, respirando con dificultad. Marga la sostuvo antes de que tocara el suelo.

 —¿Qué has visto?

 Ainé tardó en responder, como si las palabras pesaran demasiado.

 —Los Nul  no son un error.

 Lórien tensó la mandíbula.

 —Entonces ¿qué son? 

Ainé levantó la mirada, con una mezcla de miedo y comprensión. 

—Son parte del mundo que fue rechazado y ahora el mundo intenta corregirse.

 Mateo dio un paso atrás. 

—¿Corregirse… cómo?

 —Uniéndose otra vez —respondió Ainé—. Volviendo a Aetherya. 

Marga susurró, con una esperanza frágil.

 —Pero eso debería ser bueno.

Ainé negó lentamente.

 —No para nosotros.


Miró sus manos, donde la luz y la sombra giraban como dos fuerzas vivas. 

—Si el mundo vuelve a ser uno Lúmbria desaparecerá. El mundo humano desaparecerá. Todo lo que conocemos dejará de existir. 

El silencio fue absoluto, roto solo por la respiración contenida de los cuatro. Entonces Mateo gritó. Se llevó las manos a la cabeza, como si algo dentro de él se abriera de golpe. —¡Lo veo! 

Los demás se giraron hacia él. Sus ojos brillaban, pero no como los de Adrián. Era distinto. Más estable. Más claro. Mateo miró al árbol, luego al bosque, y finalmente al vacío donde antes había árboles. 

—Puedo ver lo que falta —dijo con asombro. Señaló el hueco inexistente. 

—No están borrados… están… fuera. 

Ainé lo observó fijamente. 

—¿Fuera de dónde?

 Mateo tragó saliva.

 —Fuera del mundo.


El Corazón del Bosque latió con una fuerza que hizo vibrar el aire. Más que nunca. Y por primera vez, respondió directamente a alguien que no era Ainé. A Mateo.

 “El que ve… puede traer de vuelta.”

 Todos quedaron en silencio. Mateo apenas pudo susurrar:

 —¿Yo…?

 Ainé lo entendió en ese instante, y todo cambió. 

—Tú no eres como los demás. Tú no estás conectado a los Nul —lo miró con intensidad—. Tú estás conectado a lo que falta.


El viento recorrió el bosque, levantando hojas invisibles, susurrando entre ramas que ya no estaban. Por primera vez desde que todo empezó, hubo una pequeña chispa de esperanza. Pero también un nuevo miedo. Porque si Mateo podía traer cosas de vuelta también podría abrir completamente el camino. Ainé miró el Corazón del Bosque y susurró, casi sin voz:

 —Entonces todo depende de él.

 Pero en su interior sabía la verdad. No era una bendición. Era una responsabilidad demasiado grande para alguien tan joven. Y el mundo ya estaba empezando a cambiar.