Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

miércoles, 25 de marzo de 2026

Los Hijos del Velo-3



Capítulo III

El nombre de lo que viene

El silencio no era natural. No era la calma del bosque. Ni la quietud de la noche. Era ausencia.

Ainé lo sentía en cada rincón de Lúmbria. Donde antes había magia, ahora había huecos. Espacios vacíos como si alguien hubiera arrancado partes invisibles del mundo.

Mateo no volvió a dormir.Cada vez que cerraba los ojos veía la grieta. Y esta vez no estaba solo.

Aquella noche despertó de golpe. El aire en su habitación vibraba. Las sombras no estaban en su sitio. Se movían lentamente como si respiraran.

Se incorporó.

—No… otra vez no…

Entonces lo sintió.

Un dolor agudo en el pecho. Se llevó la mano. Y lo vio:

Una marca oscura muy tenue como  una grieta dibujada bajo su piel.

En Lúmbria, Ainé también lo sintió. Un tirón. Como si algo invisible la llamara. Cerró los ojos y dejó de resistirse.

El mundo desapareció. No había bosque. No había cielo. No había suelo. Solo un espacio infinito.

Vacío.

Y en medio de ese vacío fragmentos flotando.

Pedazos de algo antiguo.

Ruinas de luz.

Restos de sombra.

Y entonces lo comprendió.

—Aetherya…

Pero no era como en las historias.

No era un mundo vivo.

Era un mundo roto.

Algo se movió entre los fragmentos. No caminaba. No flotaba. Simplemente  estaba.

Y luego otro.

Y otro.

Y otro más.

No tenían forma fija. No eran criaturas.

Eran presencias.

Existencias incompletas.

Como si hubieran sido arrancadas de la realidad.

Y entonces la vieron.

Ainé sintió cómo su propia esencia temblaba.

Aquello no era como el Urco.

El Urco era oscuridad.

Esto era otra cosa.

Una de las entidades se acercó.

No había distancia.

No había movimiento.

Pero estaba más cerca.

Mucho más.

Y entonces algo habló directamente en su existencia.

Una única idea. Un único concepto:

“Somos los Nul.”


Ainé sintió cómo su mente se rompía por un instante.

No por dolor.

Sino porque ese nombre no debería poder existir.

Y entonces lo entendió.

Los Nul no eran invasores. No eran enemigos tradicionales. No querían conquistar. No querían destruir.

Ellos eran lo que se quedó fuera de la creación.

Cuando Aetherya se fragmentó algo no se convirtió en luz. Ni en sombra. Quedó excluido. Olvidado. Borrado.

Pero no desapareció.

Y ahora habían encontrado una grieta. Un camino de regreso.

No querían dominar el mundo.

Querían completarlo.

Pero para hacerlo debían eliminar todo lo que no pertenecía a ellos.

Es decir todo.

Ainé intentó resistir. Intentó mantener su forma. Su identidad. Su conexión con la Llama. Pero era demasiado.

Los Nul no atacaban. Simplemente hacían que dejaras de ser.

Y entonces algo ocurrió.

Desde dentro de Ainé la Llama de San Xoán despertó. Pero no como antes.No como fuego ni como luz. Sino como recuerdo.

Una imagen apareció. Un instante del pasado. Antes de la ruptura. Antes del mundo.

Aetherya estaba intacta.

Y por un momento los Nul retrocedieron.

Ainé cayó de rodillas en el bosque respirando con dificultad.

Marga la sostuvo.

—¿Qué has visto?

Ainé levantó la mirada con miedo. Pero también con certeza.

—Ya tienen nombre.

Silencio.

—¿Cuál?

Ainé susurró:

—Los Nul.

Lórien frunció el ceño.

—Eso no es una palabra.

—Lo sé.

—No debería serlo.

El viento volvió. Pero ya no era el mismo.

El bosque ya no era el mismo. Lúmbria ya no era el mismo mundo.

Porque ahora sabían la verdad.

No estaban luchando contra oscuridad. Ni contra corrupción. Ni contra magia.

Estaban luchando contra algo anterior a todo eso.

Algo que no debería existir.

Y lo peor de todo era  que los Nul no podían ser derrotados como los demás enemigos.

Ainé miró al cielo hacia la grieta invisible y comprendió algo que no dijo en voz alta:

Si los Nul existen es porque el mundo nunca estuvo completo.

Y si eso era cierto entonces la verdadera pregunta no era cómo detenerlos sino ¿qué pasará cuando el mundo vuelva a estar entero?



jueves, 19 de marzo de 2026

Los Hijos del Velo-2

 



Capítulo II




Los que pueden ver



El mundo no cambió de golpe.

No hubo explosiones.

Ni tormentas.

Ni señales evidentes.

Pero algo… ya no encajaba.



En el mundo humano, pequeñas cosas comenzaron a suceder.

Sombras que no correspondían a nada.

Reflejos que se movían solos.

Susurros en lugares donde no había nadie.

La mayoría de las personas no lo notaban.

Pero algunos sí

Mateo no era el único.


En una ciudad lejana, una niña dibujaba en su cuaderno.

Siempre dibujaba lo mismo:

Un bosque.

Un árbol gigantesco.

Y una grieta en el cielo.

Su madre pensaba que era imaginación.

Pero aquella mañana el dibujo cambió.

La grieta se abrió un poco más.

Y algo salió de ella.

La niña soltó el lápiz.

—Mamá

—Eso no lo he dibujado yo.


En otro lugar, un chico miraba por la ventana durante la noche.

Las luces de la ciudad parpadeaban.

Pero entre los edificios vio algo imposible.

Una figura alta.

Demasiado alta.

Quieta.

Observando.

Cuando parpadeó…ya no estaba.





En Lúmbria, Ainé seguía observando la grieta.

No había desaparecido.

Tampoco crecía.

Pero estaba ahí.

Y eso era suficiente.

Marga apareció a su lado.

—El bosque no responde.

Ainé asintió lentamente.

—Lo sé.

Lórien llegó poco después.

Su rostro estaba serio.

—Los elfos han sentido lo mismo.

—No es magia.

Eso era lo más inquietante.

Porque todo en Lúmbria…era magia.

Pero aquello no lo era.





Esa noche, Ainé comprendió algo.

Cerró los ojos.

Se concentró.

Y buscó más allá de Lúmbria 

En el mundo humano.

Y entonces los sintió.

Como pequeñas luces.

Despertando una a una.

Niños.

Adolescentes.

Personas que podían ver lo que otros no.

Personas que sentían el Velo.

Personas conectadas… con ambos mundos.

Ainé susurró:

—No están solos

Marga la miró.

—¿Qué has visto?

Ainé abrió los ojos.

—Los Hijos del Velo.



Mateo volvió al bosque.

No sabía por qué.

Pero sentía que debía hacerlo.

La niebla volvió a aparecer.

Más densa que nunca.

Más fría.

—¿Hola? —dijo con voz temblorosa.

Nadie respondió.

Pero algo se movió.

No era Ainé.

No era luz.

Era oscuridad.

Pero no como la del Urco.

Esta era… distinta.

Más vacía. Más silenciosa.

Mateo dio un paso atrás.

—No me gusta esto…

Entonces la vio.

Una silueta dentro de la niebla.

No tenía forma definida.

Parecía cambiar constantemente.

Como si no pudiera decidir qué era.

El aire a su alrededor se deformaba.

El sonido desapareció.

El mundo… se volvió borroso.

Mateo no podía moverse.

No podía gritar.

La cosa se inclinó hacia él.

Y entonces Ainé apareció.

Una explosión de luz y sombra rompió el silencio.

La figura retrocedió.

No huyó.

Pero se retiró lentamente hacia la grieta invisible en el aire.

Como si no fuera su momento.

Ainé cayó de rodillas.

Respirando con dificultad.

Mateo la miró.

—¿Qué era eso?

Ainé tardó en responder.

Porque ni siquiera ella lo sabía.

—Algo que no debería existir.



Lórien y Marga llegaron instantes después.

La presencia ya había desaparecido.

Pero el bosque…había cambiado.

Los árboles estaban quietos.

Demasiado quietos.

Como si estuvieran… muertos por dentro.

Marga tocó uno de los troncos.

—No hay magia.

Eso era imposible.

Ainé se levantó lentamente.

—No es que no haya magia.

Miró hacia el cielo.

Hacia la grieta invisible.

—Es que algo… la está borrando.



El Urco destruía.

Pero seguía las reglas del mundo.

Esto no.

Esto no destruía.

No corrompía.

No invadía.

Simplemente…borraba la existencia misma de la magia.

Ainé miró a Mateo.

—Tú puedes verlos.

El niño asintió.

—Sí…

—Y no quiero.

Ainé suspiró suavemente.

—Pero vas a tener que aprender.

Porque ahora…ellos también pueden verte a ti.

El viento volvió a moverse.

Pero esta vez no traía vida.

Traía vacío.

Y en algún lugar más allá del Velo…algo estaba despertando. Algo antiguo.Algo olvidado.

Algo que había sido separado del mundo…cuando Aetherya se rompió.