Capítulo V
El cazador de la noche
La puerta de la iglesia estalló en pedazos.
Madera y polvo volaron por el aire mientras la enorme criatura atravesaba la entrada con un rugido que hizo vibrar las paredes de piedra.
Era gigantesca.
Un lobo negro… pero deformado por la sombra.
Sus patas eran demasiado largas.
Su espalda parecía cubierta por humo oscuro que se movía como si estuviera vivo.
Y sus ojos rojos brillaban directamente sobre Ainé.
La había encontrado.
Bastián gritó:
—¡No me gusta nada ese perro!
Lórien reaccionó primero.
La espada élfica salió disparada hacia delante como un rayo plateado.
—¡Atrás!
El acero golpeó la garra del monstruo.
El impacto lanzó chispas contra el suelo de piedra.
La criatura rugió.
No era un simple animal.
Era una extensión de la sombra del Urco.
Y era fuerte.
Muy fuerte.
El cazador empujó a Lórien contra una columna con un golpe brutal.
La piedra se agrietó.
Noa sacó su medallón.
—¡Héctor!
El anciano ya estaba moviéndose.
Corrió hacia el círculo de runas.
—¡Tenemos que abrir un portal!
Marga levantó su bastón.
La madera de avellano comenzó a brillar con una luz verde profunda.
—¡No pienso dejar que destruya esta iglesia!
Una onda de energía salió del bastón.
Golpeó al cazador en el pecho.
La criatura retrocedió un paso.
Solo uno.
Luego gruñó más fuerte.
Ainé sintió que el fuego en su interior ardía con violencia.
La llama quería salir.
Quería luchar.
Pero también sentía la sombra mezclándose con ella.
Eso la asustaba más que el propio monstruo.
—No…
Sus manos comenzaron a brillar.
Primero con luz dorada.
Luego con destellos oscuros.
Noa la miró con preocupación.
—Ainé… controla eso.
Bastián gritó desde detrás de un banco roto.
—¡No esperéis demasiado!
El cazador saltó.
Directamente hacia Ainé.
Lórien apareció delante en el último instante.
La espada cortó el aire.
El filo abrió una herida en el costado del monstruo.
Sombra líquida cayó al suelo como tinta negra.
Pero el cazador no se detuvo.
Golpeó a Lórien con la cabeza.
El elfo salió despedido contra la pared.
Ainé gritó:
—¡Lórien!
La llama estalló.
Una explosión de luz salió de su pecho.
Pero esta vez no era solo dorada.
Era una tormenta.
Luz y oscuridad girando juntas.
El impacto golpeó al cazador en pleno salto.
La criatura fue lanzada hacia atrás.
Atravesó una fila de bancos y se estrelló contra el altar.
Durante un segundo todo quedó en silencio.
El humo se disipó lentamente.
Ainé respiraba con dificultad.
—Yo…
—No quise…
Pero entonces el cazador volvió a levantarse.
Sus ojos rojos brillaban más intensamente.
Y algo peor ocurrió.
La herida que Lórien había hecho comenzó a cerrarse.
Noa susurró:
—Genial.
—Se regenera.
Héctor levantó la voz desde el círculo de runas.
—¡El portal está listo!
Las runas comenzaron a brillar.
Un remolino de luz apareció en el centro del círculo.
La puerta hacia Lúmbria se estaba abriendo.
Pero el cazador también lo vio.
El monstruo rugió.
Saltó otra vez.
Esta vez hacia el portal.
Si cruzaba…
Lúmbria también estaría en peligro.
Marga gritó:
—¡No lo dejéis pasar!
Lórien se levantó tambaleándose.
La espada volvió a brillar.
—¡Ainé!
La joven hada lo entendió.
Respiró profundamente.
La llama apareció de nuevo en su mano.
Esta vez la sostuvo.
Sin dejar que explotara.
Sin perder el control.
La luz dorada envolvió la sombra.
Durante un instante ambas energías giraron juntas.
Y Ainé lanzó el fuego directamente contra el cazador.
El impacto fue brutal.
La criatura fue empujada hacia el portal…
Pero no cruzó.
La luz lo envolvió completamente.
El cuerpo del monstruo se deshizo en humo negro.
La sombra se dispersó en el aire.
Y desapareció.
El silencio cayó sobre la iglesia destruida.
El portal seguía abierto.
Esperando.
Héctor respiró con dificultad.
—No durará mucho.
Lórien limpió la sangre de su frente.
—Entonces tenemos que irnos ahora.
Noa miró a la ciudad a través de la puerta rota.
—Si hay un cazador…
—Habrá más.
Marga asintió.
—El Urco ya ha empezado la caza.
Ainé miró el portal.
Sabía que el siguiente paso era inevitable.
Volver a Lúmbria.
Al lugar donde todo había comenzado.
Al bosque donde dormía algo más antiguo que el propio Urco.
El Corazón del Bosque.
Lórien extendió la mano hacia ella.
—¿Lista?
Ainé respiró hondo.
La llama volvió a latir dentro de su pecho.
—Vamos a terminar esto.
Uno por uno cruzaron el portal.
La luz del círculo se apagó lentamente.
Y la iglesia volvió a quedar en silencio.
Pero en algún lugar de la ciudad…
en una azotea oscura…
Elarion observaba.
Había visto todo.
Y sonreía.
—Perfecto.
La caza continuaba.

Sigue intrigante, un café y un beso de esos lentos.
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