Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

lunes, 2 de marzo de 2026

La Sombra del Urco-1

 





Capítulo I — Las Vetas Oscuras




El otoño había llegado sin pedir permiso.


En el Bosque de las Voces, las hojas no caían: se desprendían como si huyeran del árbol. El viento no cantaba; murmuraba. Y la niebla ya no era blanca, sino densa, casi azulada, como si llevara tinta antigua en su interior.


Siete años habían pasado desde la noche en que la Llama selló la grieta de la Pedra Negra.


Siete años desde que Ainé perdió el brillo de sus alas.


Ahora no volaba con la ligereza de antaño. Sus alas ámbar seguían siendo hermosas, pero el fuego en ellas era bajo, contenido, como una brasa que aprendió a no arder demasiado.


Se encontraba frente a la colina sagrada.


La Pedra Negra no estaba rota.


Pero tampoco estaba intacta.


Las vetas doradas que habían sellado la grieta palpitaban con un resplandor irregular. A veces brillaban. A veces se oscurecían, como si algo respirara detrás.


Ainé apoyó la mano en la superficie fría.


Y lo sintió.


Un latido.


No era el suyo.


—Está cambiando —dijo una voz grave tras ella.


Lórien ascendía la colina con paso medido. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza baja; su espada seguía colgando a su espalda, aunque rara vez la desenvainaba ya. Los elfos habían dejado de confiar en que la amenaza hubiera terminado.


—No intenta salir —murmuró Ainé—. Está… creciendo.


Lórien frunció el ceño.


—Eso no es posible.


Pero ambos sabían que sí lo era.


Desde hacía meses, cosas extrañas ocurrían en Lúmbria.


Las mouras habían abandonado varios dólmenes. Los trasgos se escondían incluso durante la noche. Y las meigas… las meigas guardaban silencio.


Iria no había acudido al último consejo.


Ainé retiró la mano de la piedra.


—Anoche soñé con agua negra —dijo en voz baja—. No me perseguía. Me llamaba.


Lórien sostuvo su mirada.


—Los sueños no son presagios. Son ecos.


—En Lúmbria todo es eco de algo.


Un cuervo graznó desde un carballo cercano. El sonido se prolongó demasiado, distorsionado.


El bosque estaba escuchando.





La grieta invisible



Esa misma tarde, en los límites orientales, donde las Montañas de Breogán tocaban el cielo gris, un grupo de elfos patrullaba las sendas altas.


Uno de ellos, joven aún, se detuvo.


—¿Lo oís?


Sus compañeros tensaron el arco.


No era un animal.

No era viento.


Era un murmullo rítmico. Como pasos dentro de la roca.


De pronto, una grieta fina apareció en la ladera, casi invisible. No como la antigua fractura de la Pedra Negra, sino más sutil, más orgánica.


De ella emergió algo.


No una criatura completa.

No una sombra definida.


Era una figura humana… pero sus ojos brillaban con el mismo tono amarillento que había tenido el Urco.


El joven elfo retrocedió.


—No puede ser…


La figura inclinó la cabeza.


Y sonrió.





Los Hijos del Alba



En el mundo humano, más allá del velo, la noche también traía inquietud.


En un sótano de piedra bajo una vieja casa en las afueras de Santiago de Compostela, seis personas se reunían alrededor de una mesa cubierta de mapas.


No eran hechiceros.


No eran locos.


Eran estudiosos, historiadores, arqueólogos… y algo más.


En el centro de la mesa descansaba un fragmento oscuro de piedra con vetas doradas apagadas.


—Lo encontramos cerca del bosque de Lestedo —dijo una mujer de cabello cano—. Las mediciones no tienen sentido. No pertenece a ninguna formación geológica conocida.


Un hombre joven, con los ojos demasiado brillantes, habló en voz baja:


—No es geología. Es frontera.


En la pared, colgaba un símbolo antiguo: un círculo atravesado por una llama estilizada.


—Los relatos del solsticio no son folclore —continuó—. Hay algo allí. Y está debilitándose.


La mujer mayor lo miró con severidad.


—Recuerda nuestra regla. Observamos. No intervenimos.


El joven sonrió levemente.


—Tal vez esa regla esté desactualizada.


Aquel era el símbolo de los Hijos del Alba.


Y no todos estaban dispuestos a permanecer en la sombra.





La advertencia de Iria



De vuelta en Lúmbria, la noche cayó demasiado rápido.


Ainé despertó sobresaltada.


No había soñado.


Había escuchado su nombre.


Salió al claro y la vio.


Iria estaba allí, más encorvada que antes. Su bastón parecía más pesado. Sus ojos, más profundos.


—Has sentido el latido —dijo sin saludo.


—Sí.


La meiga clavó el bastón en la tierra.


—No es el Urco intentando escapar.


—Entonces, ¿qué es?


Iria tardó en responder.


—Cuando sellamos la piedra, no lo aprisionamos. Lo comprimimos. Lo obligamos a mezclarse con la raíz del mundo.


Ainé sintió un frío lento en la espalda.


—¿Y ahora?


—Ahora está aprendiendo a tener forma sin romper el sello.


El silencio se hizo denso.


—No puede manifestarse completamente —dijo Ainé.


—No necesita hacerlo.


Iria alzó la vista hacia la Pedra Negra, visible en la distancia como una silueta contra la luna.


—Si encuentra cuerpos que lo sostengan… si encuentra mentes que lo escuchen… podrá caminar entre ambos mundos.


Ainé pensó en su sueño.


En el agua negra que no perseguía, sino llamaba.


—Está buscando anfitriones —susurró.


La meiga asintió.


—Y algunos humanos ya están escuchando.





La primera posesión



En las montañas, el joven elfo que había visto emerger la figura humana yacía arrodillado.


No estaba herido.


Estaba confundido.


Sus compañeros lo rodeaban, inseguros.


—¿Qué te ha hecho? —preguntó uno.


El joven alzó la vista.


Sus ojos no eran verdes.


Eran amarillos.


—Nada —respondió con voz calmada—. Solo me ha mostrado lo que siempre estuvo aquí.


Se levantó con una serenidad que no le pertenecía.


—El Urco no es enemigo. Es raíz.


Uno de los elfos dio un paso atrás.


—Lórien debe saber esto.


El joven sonrió.


—Sí. Debe saberlo.


Y comenzó a caminar hacia el bosque.





El eco en el corazón



Ainé regresó sola a la Pedra Negra antes del amanecer.


Sabía que no debía hacerlo.


Apoyó ambas manos sobre la piedra.


El latido respondió.


Más fuerte.


Más claro.


Y entonces lo escuchó.


No una amenaza.

No un rugido.


Una voz.


—No quiero romper el mundo.


Ainé contuvo la respiración.


—Entonces, ¿qué quieres?


El silencio se prolongó.


—Quiero dejar de estar solo.


Las vetas doradas se oscurecieron un instante.


Y por primera vez desde la noche del solsticio, Ainé sintió algo distinto al miedo.


Compasión.


Cuando retiró las manos, supo que el verdadero peligro no sería la destrucción.


Sería la división.


Porque si el Urco lograba convencer a suficientes corazones de que era necesario… la piedra no tendría que romperse.


Se abriría por voluntad propia.


Y esta vez, la decisión no sería solo de los seres mágicos.


También sería humana.


A lo lejos, en el mundo visible, las campanas de Santiago comenzaron a sonar.


El eco cruzó el velo.


Y la niebla no se disipó con el amanecer.


2 comentarios:

  1. Mitología de Galicia en tus letras, un cuento maravilloso.

    Felicidades escritor.

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  2. Mitología de Galicia en tus letras. Maravilloso cuento.

    Felicidades escritor.

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