Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

domingo, 30 de agosto de 2026

La última palabra


No llegó

como llegan

las tormentas.

Ni como el fuego

que desciende

sobre los bosques.

Llegó

como llega

el alba.

Despacio.

Sin pedir permiso.

El anciano poeta

subió

por última vez

hasta la colina

donde el Árbol

de la Memoria

había extendido

sus raíces

desde el principio

de los días.

El bastón

pesaba poco.

Los años,

mucho.

Sin embargo,

sus pasos

conservaban

la serenidad

de quien ya no camina

para llegar,

sino para agradecer.

Alrededor del árbol

crecían

los siete robles.

Bajo ellos,

la espada

seguía dormida.

El hierro

había aprendido

el lenguaje

de las raíces.

Ya no recordaba

la guerra.

Solo la paz

que había protegido.

Más allá,

el río

continuaba

su viaje

hacia mares

que ningún mapa

alcanzaba.

Las estrellas,

todavía ocultas,

esperaban

pacientes

su turno

para encender

la noche.

Todo estaba allí.

El herrero

vivía

en el eco

del yunque.

El relojero

en el latido

de los instantes.

La guardiana

en el perfume

de los libros.

El hombre

que hablaba

con las estrellas

en cada viajero

que alzaba

la mirada.

La anciana

del Bosque

en cada recuerdo

que el amor

se negaba

a perder.

Y la Muchacha

del Brote de Encina

esperaba

en silencio,

con la pluma

entre las manos.

El poeta

apoyó

la palma

sobre el tronco.

Sintió

que bajo la corteza

latían

todos los poemas

que habían sido escritos,

y también

los que aún

dormían

en el corazón

de los niños

que todavía

no habían nacido.

Entonces,

el Árbol

abrió lentamente

sus ramas.

Para abrazar 

la tierra.

Y el viento

comenzó

a reunir

a todos

los habitantes

del Reino

de las Sombras

de Cristal.

Llegaron

los elfos

con coronas

de acebo.

Los enanos,

cubiertos

por el polvo

de las montañas.

Las hadas,

vestidas

con el brillo

del rocío.

Los dragones,

que plegaron

sus alas

por respeto.

Los gigantes

de piedra.

Los ciervos

blancos.

Los lobos

del bosque antiguo.

Los cuervos,

mensajeros

de la memoria.

Nadie habló.

Porque hay silencios

que son más antiguos

que cualquier lengua.

El anciano

tomó

la pluma.

La hundió

en un tintero

que parecía

hecho

con la noche

y el amanecer

mezclados.

Abrió

el códice.

Las páginas,

por primera vez,

estaban completas.

Solo quedaba

un espacio.

Una línea

en blanco.

La última.

La Muchacha

susurró:

—¿Qué palabra

puede cerrar

un mundo?

El poeta

sonrió.

Negó

lentamente

con la cabeza.

—Ninguna.

Los mundos

no terminan

con una palabra.

Comienzan

cuando alguien

la pronuncia.

Entonces,

escribió.

No un nombre.

No una profecía.

No un reino.

Escribió:

“Esperanza.”

En el mismo instante,

el códice

se cerró

por sí solo.

Con gratitud.

Las raíces

del Árbol

se iluminaron.

Los siete robles

dejaron caer

sus hojas

como una lluvia

de oro.

La espada

bajo la tierra

cantó

por última vez.

Las estrellas

descendieron

un poco más

sobre el mundo.

Y la Biblioteca

de los Sueños Perdidos

abrió

todas sus ventanas,

para que el viento

esparciera

aquella palabra

por los cuatro

confines

del reino.

El anciano

cerró

los ojos.

No hubo tristeza.

Solo descanso.

Su cuerpo

permaneció

bajo el Árbol.

Pero su voz

viajó

con el viento.

Desde entonces,

cada vez

que un niño

abre un libro.

Cada vez

que una madre

cuenta un cuento.

Cada vez

que un anciano

recuerda

un verso.

Cada vez

que alguien

planta un árbol

sabiendo

que será otro

quien disfrute

de su sombra.

Cada vez

que una persona

elige

la belleza

antes

que el miedo.

El Reino

de las Sombras

de Cristal

vuelve

a nacer.

Porque los reinos

no viven

en las piedras.

Ni en los castillos.

Ni siquiera

en la memoria.

Viven

en las palabras

que hacen

mejores

a quienes

las escuchan.

Y cuando

la Muchacha

cerró

el viejo códice,

comprendió

que nunca

había sido

el final.

Solo el instante

en que el libro

dejaba

de pertenecer

a su autor

para pertenecer

a todos

los que algún día

lo abrirían.

Entonces,

el viento

pronunció

por última vez

el nombre

del mundo.

Y el mundo

respondió

con un bosque,

con un río,

con una estrella,

con un poema.

Porque esa

había sido,

desde el principio,

la verdadera

última palabra.

La que nunca

podía escribirse

del todo.

La que cada lector

debía completar

con su propia vida.


Y el mundo ya no aguardó más, porque la última palabra había encontrado un corazón donde vivir.


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