Volví a nacer cuando perdí el dolor de tus silencios,
cuando descubrí en el placer de tus miradas lo que
siempre enmarcaban mis sueños…

"En lo Hondo"
Gustavo GP

viernes, 15 de mayo de 2026

Los Hijos del Velo-11

 






Capítulo XI — El eco de Aetherya

La noche cayó sobre Lúmbria como un velo enfermo. No había estrellas. El cielo parecía demasiado oscuro, demasiado profundo, como si detrás de él existiera algo observando en silencio. El Bosque Antiguo había dejado de susurrar. Ya no se oían las voces invisibles de las raíces ni el canto lejano de las criaturas mágicas. Incluso el viento parecía caminar con miedo entre los árboles.

Ainé permanecía inmóvil frente al Corazón del Bosque. La enorme corteza luminosa latía con debilidad, como un corazón cansado que luchaba por no detenerse. Desde niña había sentido la presencia del bosque como una conciencia inmensa y serena, una fuerza antigua que mantenía unido el equilibrio del mundo. Pero ahora… aquello era diferente. Había dolor. Y debajo del dolor, algo aún peor: agotamiento.

Mateo observaba el árbol en silencio. Desde que su vínculo con el vacío había despertado, veía cosas que nadie más podía percibir. Pequeñas grietas invisibles atravesaban el aire alrededor del Corazón del Bosque. No eran roturas físicas, sino huecos extraños, espacios donde la realidad parecía más débil. Y detrás de ellos, muy lejos, había movimiento.

—Están cerca —susurró.

Ainé giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Los Nul?

Mateo tardó en responder.

—No exactamente.

Marga se tensó al escuchar aquello.

—¿Qué significa eso?

El muchacho tragó saliva antes de hablar.

—Siento algo más antiguo.

El silencio cayó entre ellos. Lórien dio un paso adelante, apoyando la mano sobre la empuñadura de su espada.

—Más antiguo que los Nul no debería existir nada.

Pero Ainé sí comprendió aquellas palabras. Lo vio en el mismo instante en que Mateo las pronunció. Porque el Corazón del Bosque reaccionó. Su luz tembló de forma brusca y las raíces comenzaron a moverse bajo la tierra, como si intentaran protegerse de algo invisible.

Entonces ocurrió.

El claro desapareció.

No físicamente. Fue como si el mundo hubiera sido cubierto durante un instante por otra realidad. El aire se volvió blanco. El bosque dejó de existir. Y todos sintieron que el suelo bajo sus pies se deshacía.

Mateo cayó de rodillas.

Ainé sintió cómo la Llama de San Xoán ardía dentro de ella con una fuerza insoportable.

Y entonces apareció la visión.

No era Lúmbria.

No era el mundo humano.

Era otra cosa.

Un océano infinito de luz y sombra mezcladas giraba bajo un cielo dorado. Enormes árboles cristalinos crecían sobre montañas suspendidas en el vacío. Ríos de energía recorrían la tierra como venas vivas. No había separación entre magia y existencia. Todo era una única cosa.

Aetherya.

No como ruina.

No como recuerdo.

Sino viva.

Completa.

Perfecta.

Mateo levantó lentamente la cabeza mientras observaba aquel lugar imposible.

—Es hermoso…

Pero Ainé sintió terror.

Porque por primera vez comprendió algo que jamás había entendido realmente.

Los Nul no querían destruir el mundo.

Querían volver a eso.

La visión cambió de golpe.

El cielo dorado comenzó a agrietarse. Las montañas temblaron. La energía dejó de fluir en armonía. Y entonces aparecieron figuras.

Seres inmensos hechos de pura luz.

Otros formados por sombra viva.

Discutían.

Combatían.

El equilibrio empezó a romperse.

Ainé vio cómo enormes fragmentos de realidad se separaban entre sí. La luz y la sombra fueron divididas por la fuerza. Y en medio de aquella ruptura… algo quedó fuera.

Algo que no pertenecía ni a un lado ni al otro.

El vacío.

Los Nul.

La visión se desgarró violentamente.

El claro regresó.

Todos respiraban con dificultad. Marga tenía lágrimas en los ojos sin saber por qué. Lórien observaba el bosque como si acabara de despertar de una pesadilla antigua.

Mateo seguía temblando.

—Ellos… recuerdan ese lugar.

Ainé asintió lentamente.

—Porque nacieron allí.

El Corazón del Bosque emitió un latido débil.

Entonces la voz apareció dentro de sus mentes.

No como palabras.

Como sentimiento.

Dolor.

Pérdida.

Nostalgia.

Y una verdad.

“Aetherya nunca debió romperse.”

Marga retrocedió un paso.

—No… eso no puede ser cierto.

Pero el árbol volvió a latir.

Más lento.

Más triste.

Y todos comprendieron lo que significaba.

El mundo actual no era natural.

Era una herida.

Lúmbria, el mundo humano, la luz y la sombra… todo existía porque algo había sido separado a la fuerza.

Mateo sintió frío.

—Entonces… ¿ellos tienen razón?

Ainé cerró los ojos.

La pregunta atravesó su pecho como una espada.

Porque una parte de ella… entendía a los Nul.

Entendía el vacío de haber sido rechazados.

Entendía el deseo de volver a estar completos.

Pero también entendía el precio.

Si Aetherya regresaba… todo desaparecería.

No moriría.

Peor.

Nunca habría existido de la misma manera.

Lórien rompió el silencio con dureza.

—No importa lo que fueran. Este es nuestro mundo ahora.

Ainé levantó lentamente la mirada.

—Sí.

Pero ya no sonaba completamente segura.

Y eso fue lo que más miedo dio a Marga.

Porque si incluso la guardiana del equilibrio empezaba a dudar… quizá el mundo ya había comenzado a perder la batalla mucho antes de que ellos lo comprendieran.

Entonces el aire volvió a tensarse.

Mateo lo sintió primero.

Una presencia.

No hostil.

No agresiva.

Pero inmensa.

Las sombras entre los árboles comenzaron a deformarse lentamente hasta formar una figura humana.

Adrián.

Aunque apenas quedaba algo humano en él.

Sus ojos contenían ahora fragmentos de aquella luz dorada que habían visto en Aetherya.

Miró alrededor del claro con una calma inquietante.

—Ahora ya lo entendéis.

Nadie respondió.

Adrián observó el Corazón del Bosque y sonrió con una tristeza extraña.

—Incluso él lo recuerda.

Ainé dio un paso adelante.

—¿Qué quieres?

Adrián la miró directamente.

Y por primera vez… no parecía vacío.

Parecía melancólico.

—Volver a casa.

El silencio se volvió insoportable.

Porque en el fondo… aquella respuesta no sonaba monstruosa.

Sonaba humana.


Y caminaré

 Caminaré por las ascuas somnolientas  de los sueños que van a surgir del aire en cada verso;

¡No! El salitre que me aflige, es denigrante y saber que la fragua que me arde la conciencia está en tu vientre incandescente ¡Uf! 

Salir de la oscuridad y centrarse en el deseo de sentirnos en lo alto de la cumbre, arde en lo más certero donde amenizar las pupilas somnolientas del gachó que te  gira la costilla al caminar. Subirá el azúcar de poniente cuando amaine la corriente y caminaremos por el fuego intermitente del fogón que nutre de pasión las tempestades, si, tú y yo. Subiremos juntos a las nubes cuando no quede tiempo en este mundo de mentes inertes y seremos las estelas del cometa que del horizonte clama como debe de ser su libertad! Siempre su libertad.

jueves, 14 de mayo de 2026

Los Hijos del Velo-10

 




Capítulo X — Cuando ya no haya diferencia

El silencio que dejó Adrián tras desaparecer no fue un silencio vacío, sino uno cargado de presencia, como si algo invisible hubiese permanecido observándolos desde el otro lado de la realidad. El bosque seguía allí, los árboles aún se mecían bajo un viento tenue y el Corazón del Bosque continuaba latiendo en la distancia, pero todo parecía más débil, más lejano, como un recuerdo que empezaba a borrarse lentamente.

Nadie habló durante varios minutos. Lórien mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada, incapaz de relajarse. Marga observaba las raíces del suelo como si esperara verlas desaparecer en cualquier momento. Ainé permanecía inmóvil, mirando el lugar donde la grieta se había cerrado. Solo Mateo parecía escuchar algo más allá de lo visible.

—Está cambiando demasiado rápido —murmuró finalmente.

Ainé apartó la mirada del vacío y lo observó con una seriedad inquietante.

—No está cambiando —dijo en voz baja—. Está recordando cómo existir aquí.

Aquellas palabras cayeron sobre ellos con más peso que cualquier amenaza. Marga negó lentamente, incapaz de aceptar aquella idea.

—Eso no tiene sentido. Ninguna criatura puede adaptarse así.

—Entonces no es una criatura —respondió Lórien con dureza—. Es otra cosa.

Mateo no los escuchaba del todo. Había vuelto a sentir aquella vibración extraña bajo la piel, como si el mundo respirara de forma irregular. Cerró los ojos y dejó que aquella percepción lo atravesara. Entonces lo comprendió.

El problema no eran las grietas.

Las grietas solo habían sido el comienzo.

Abrió los ojos de golpe.

—Ya están aquí.

Los tres se giraron hacia él inmediatamente.

—¿Quiénes? —preguntó Marga.

Mateo tragó saliva.

—Los Nul.

El aire del bosque cambió en ese mismo instante. El viento desapareció. Los sonidos se apagaron uno a uno hasta que solo quedó una quietud insoportable. No era oscuridad ni magia corrompida. Era ausencia. Una sensación imposible de describir, como si el propio espacio estuviera dejando de sostener la realidad.

Entonces ocurrió.

Un pájaro cayó desde las ramas altas de un árbol cercano. No estaba herido. No sangraba. Simplemente dejó de volar. Y antes siquiera de tocar el suelo… desapareció.

Marga retrocedió horrorizada.

—Esto está ocurriendo sin que ellos aparezcan…

—No —corrigió Ainé lentamente—. Esto son ellos.

Mateo sintió la marca arder en su pecho y la comprensión llegó de golpe, brutal, inevitable.

—Ya no necesitan abrir grietas —susurró—. El mundo se está abriendo solo.

Ainé intentó conectarse con el Corazón del Bosque, pero algo falló. Solo fue un instante. Apenas un segundo. Sin embargo, bastó para helarle la sangre. Nunca antes había perdido aquella conexión.

Abrió los ojos lentamente.

—Esto ya no es una invasión.

—Entonces ¿qué es? —preguntó Lórien.

Ainé tardó en responder.

—Es una sustitución.

Nadie habló.

Ella continuó:

—Los Nul no están entrando en nuestro mundo. Nuestro mundo está dejando espacio para ellos.

El bosque pareció encogerse alrededor de aquellas palabras. Mateo señaló entonces un árbol cercano.

—Mirad.

La corteza comenzó a oscurecerse lentamente. No como madera quemándose, sino como algo que perdía definición. Los bordes del tronco empezaron a desdibujarse, igual que tinta mojada sobre papel. Las hojas dejaron de existir una a una hasta que finalmente todo el árbol desapareció.

Pero esta vez no quedó vacío.

Una silueta ocupó su lugar.

Era alta, incompleta, inestable. No tenía rostro ni forma exacta, pero aun así transmitía presencia. No caminaba. No respiraba. Simplemente estaba allí.

Lórien reaccionó primero y lanzó un tajo directo hacia la figura. La espada atravesó aquella forma sin encontrar resistencia. No ocurrió nada. La silueta permaneció inmóvil.

—No puedes atacarlo —dijo Mateo.

Todos lo miraron.

El muchacho dio un paso adelante, aún temblando.

—No está en el mismo nivel que nosotros.

Ainé sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Entonces ¿cómo lo detenemos?

Mateo no respondió de inmediato, porque sabía que la respuesta iba a destruir la poca esperanza que aún les quedaba.

—No se detiene.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Marga.

Mateo levantó lentamente la mirada.

—Ellos no destruyen las cosas… las reemplazan.

Nadie fue capaz de hablar.

Entonces la marca volvió a arder.

Mateo se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas.

—¡Los veo…!

Ainé corrió hacia él.

—¿A quién ves?

El chico respiraba con dificultad.

—A todos…

Su voz temblaba.

—No están separados… Son uno.

Aquello hizo que Ainé comprendiera la verdad completa.

Los Nul no eran individuos.

No eran criaturas distintas.

Eran fragmentos de una única existencia.

Igual que Aetherya había sido un único mundo antes de romperse.

Marga dio un paso atrás lentamente.

—Entonces… si vuelven a unirse…

Ainé terminó la frase en un susurro.

—Aetherya regresará.

El viento volvió entonces, pero era un viento muerto, vacío, sin calor ni vida. Más siluetas comenzaron a aparecer entre los árboles. No atacaban. No avanzaban. Solo permanecían inmóviles, observando.

Esperando.

Ainé sintió por primera vez algo que jamás había experimentado desde el despertar del Urco.

No miedo a perder una batalla.

Miedo a llegar demasiado tarde.

Porque ahora ya no luchaban contra un enemigo.

Luchaban contra la transformación inevitable del propio mundo.

Y quizá… ya había comenzado demasiado tiempo atrás.


sábado, 9 de mayo de 2026

Ya está dicho

 No quiero verme calcinado

Como los bosques de un verano

Repetido a cada año.

Para quedarme sin pellejo

No voy mal encaminado.

No quiero ser los huesos

De cuneta abandonados.

No voy a ver la ranura

Donde se cuelan los agravios

Del señor que se tiene sabio,

El que  acalla y clama la razón.

Hay que tener la cara dura

Y de piedra el corazón.


Lo que mata no es la bala

Es la mano que dispara.

Atento ahora la tienes tú.

No me jodas manolete

Sabes hacerte girar

Como el viento a las veletas

Mira que eres anormal.


Ves tu ego en los papeles

Las encuestas te dan poderes

Mira ahora eres Superman.

¿Pero de qué vas?

Si no has hecho na'.

Sólo se han reído


No eres capaz de darte cuenta

Nada quieres cambiar

Sólo dar que hablar

Eres Naranjito, pero no el del mundial.

Ese era sincero

Alegre y formal.