No hubo un momento claro en el que pudiera decirse que todo había terminado.
La guerra quedó atrás en los calendarios. La posguerra se fue diluyendo en hábitos. La represión cambió de forma, de nombre, de intensidad, pero no desapareció del todo. Se hizo costumbre, luego recuerdo, luego objeto de relato.
Madrid aprendió a convivir con ese pasado como se convive con una cicatriz antigua: sin mirarla demasiado, sin tocarla. La ciudad siguió viviendo, creciendo, olvidando con eficacia.
Tomás comprendió, ya al final, que la memoria no existe para ser celebrada ni para ser resuelta. Existe para no permitir que lo ocurrido se vuelva irreconocible. No para acusar sin fin, sino para evitar que el lenguaje convierta la violencia en accidente y la represión en malentendido.
Elena había dicho una vez que recordar no era insistir, sino nombrar bien. Él lo entendió tarde, pero lo sostuvo hasta donde pudo.
No quedaron monumentos. No quedó una versión definitiva. Quedó algo más frágil y más real: personas que sabían distinguir entre reconciliación y borrado, entre paz y comodidad, entre historia y relato.
Esta historia termina aquí, pero lo que cuenta no termina nunca.
Porque cada tiempo decide qué hace con lo que recibe.
Y cada ciudad elige qué memoria tolera.
Madrid no fue una excepción.
Y mientras alguien recuerde sin deformar,
mientras alguien sepa que la represión tuvo método, continuidad y consecuencias,
el pasado no estará cerrado.
Solo en pausa, esperando ser entendido otra vez.
Y recordemos que no hay historia definitiva ni historiadores definitivos
Enhorabuena por tu relato. Me ha gustado mucho.
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