Parte de la memoria entró, por fin, en el relato público.
Apareció en notas a pie de página, en informes bien intencionados, en exposiciones cuidadosas. La represión era mencionada, pero desactivada: sin mecanismo, sin continuidad, sin responsabilidad clara.
Tomás leyó uno de esos textos. Reconoció hechos, fechas, incluso palabras. Pero algo faltaba.
—No duele —dijo—. Y debería doler un poco.
Lo que quedaba escrito era correcto, pero insuficiente. Convertía la represión en un episodio cerrado, sin consecuencias presentes. Algo que había ocurrido y ya no exigía nada.
Sin embargo, Tomás sabía que lo esencial no estaba allí. Estaba en las conversaciones que no se publicaban, en los relatos que no buscaban consenso, en la incomodidad que no se resolvía.
La escritura oficial fijaba una versión.
La memoria viva seguía desbordándola.
Y aunque sabía que esa memoria no ganaría, también supo que no desaparecería del todo porque al final, no quedó un archivo.
Quedaron personas.
Personas que sabían que la represión no fue un exceso aislado, sino un sistema. Que no fue solo violencia, sino administración del miedo. Que no terminó cuando terminó la guerra, sino que se prolongó en normas, silencios y oportunidades negadas.
Tomás envejeció sin heroicidad. No se convirtió en referencia pública ni en testimonio oficial. Fue algo más discreto: un punto de resistencia exacta.
Cuando hablaba, no exageraba. No suavizaba. Decía lo justo para que el pasado no se volviera irreconocible.
Madrid siguió siendo Madrid: viva, contradictoria, funcional.
No redimida.
No condenada.
La transición no cerraba la herida. Solo la llamaba cicatriz.
Porque mientras alguien recordara la represión sin convertirla en símbolo ni en consuelo,
mientras alguien supiera cómo ocurrió y para qué,
algo esencial permanecería.
No como victoria.
No como ajuste de cuentas.
Sino como verdad sostenida en voz baja.
Tomás envejeció pero no su espíritu de lucha.
ResponderEliminarHoy calima en mi tierra.