las hojas, velas caídas
que no recuerdan el viento.
La pluma es un pájaro inmóvil
con las alas abiertas en mitad del aire,
esperando una corriente
que no figura en los mapas.
El escritor afina el silencio
como quien acerca una caracola al oído
y sólo escucha su propia sangre,
golpeando insistente
contra la pared del día.
La inspiración es un ciervo
que bebe en otro bosque,
una lluvia que aprende otros tejados,
un relámpago que ensaya su firma
en cielos ajenos.
Aquí, en cambio,
la lámpara derrama una luz cansada
sobre la página intacta:
un desierto blanco
donde las palabras son semillas
que dudan de la lluvia.
El escritor siembra, de todos modos,
entierra sílabas como quien guarda
pan para un invierno incierto.
Riega con paciencia
el polvo del papel.
Porque a veces la inspiración
no es un incendio,
sino una brasa tímida
que necesita la noche completa
Para atreverse a arder.
Vaya, qué precioso poema. Cargado de metáforas hermosas.
ResponderEliminarGracias María
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