No fue una discusión larga.
No hubo reproches acumulados ni cuentas pendientes. El desacuerdo surgió con la claridad de las cosas inevitables, cuando ya no queda margen para posponer.
—Quizá ya es suficiente —dijo Tomás—. Hemos hecho lo que podíamos.
Elena no respondió de inmediato. Miró por la ventana, hacia una calle tranquila, casi amable. Madrid parecía distante, como si ya no tuviera nada que exigirles.
—No se trata de hacer más —dijo al fin—. Se trata de dónde dejamos lo que queda.
Tomás entendía el fondo, pero no el impulso. Sentía el cansancio como una llamada legítima. No a olvidar, sino a soltar. A confiar en que algo de todo aquello sobreviviría sin ellos.
—No podemos controlar lo que otros hagan con la memoria —añadió.
—No —respondió Elena—. Pero sí podemos decidir si la entregamos entera o filtrada.
Ahí estaba la diferencia. Tomás pensaba en protección: reducir, simplificar, evitar riesgos innecesarios. Elena pensaba en precisión: aunque doliera, aunque incomodara.
No era una discusión moral. Ambos tenían razón desde lugares distintos. El desacuerdo no los separó, pero dejó claro que el final no sería idéntico para los dos.
Esa noche durmieron poco. No por angustia, sino por lucidez. Sabían que el acto que se acercaba no admitiría términos medios.
Madrid dormía.
Ellos no.
Y en ese desvelo compartido comprendieron que el desacuerdo no era una grieta, sino una última forma de honestidad.
Es como si tras de si se hubiera diluido la esencia: desvelos, decisiones, quizás cumplir con lo debido.
ResponderEliminarEl Sol alumbra mi tierra.