No hubo polémica ni rectificación. Tampoco silencio impuesto. Simplemente, la ciudad siguió. Como si lo dicho hubiera ocurrido en una habitación sin ventanas, sin eco.
Las calles estaban llenas. Los calendarios culturales avanzaban. La vida continuaba con una eficacia casi admirable. Madrid no negaba la represión; la absorbía. La convertía en un elemento más del pasado, desprovisto de urgencia.
Tomás caminó por lugares que habían sido escenarios de detenciones, de colas silenciosas, de miedo administrado. Ahora eran calles normales. Nadie señalaba nada. Nadie preguntaba.
Comprendió entonces que la ciudad no era ni culpable ni inocente. Era persistente. Y que la represión no había dejado huellas visibles porque su mayor éxito había sido volverse cotidiana.
Madrid no necesitaba justificar nada.
Solo necesitaba que el tiempo siguiera pasando.
Quizás todo se basaba en lo cotidiano.
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