Bajo el sol que no perdona
la tierra mastica huesos.
No hay infancia:
solo sombra pequeña
pegada al polvo.
El viento cuenta costillas
como si fueran cuentas de un rosario roto.
Cada vientre es un tambor vacío
que suena cuando el mundo
mira hacia otro lado.
Manos diminutas
—mapas sin escuela—
arrancan del suelo minerales
que nunca tocarán su propia luz.
Cavan en la noche
para que otras ciudades
enciendan sus vitrinas.
El hambre no grita:
afilada, paciente,
aprende a caminar descalza.
Se sienta en la mesa
y parte el aire en dos.
Hay nombres que no llegan a ser nombre.
Hay juegos que pesan más que la piedra.
Hay sueños vendidos por un puñado de sal
y una promesa escrita
en idioma de patrón.
El mundo firma contratos
con tinta invisible.
La infancia firma con callos.
Y mientras tanto,
un niño levanta la mirada
como quien sostiene el cielo
con los párpados,
esperando que la lluvia
no sea otra forma de olvido.
La tiranía, el egoísmo, la sin razón.
ResponderEliminarPoema desgarrador.
Besos Gustavo.