La proclamación
Dos días después, las Cortes proclamaron rey a Juan Carlos I.
Clara Benavides lo vio desde el salón pequeño del piso de su madre, en el barrio de Prosperidad. La televisión mostraba solemnidad, uniformes, aplausos medidos.
—Prometo por mi conciencia y honor… —decía el nuevo monarca.
Clara cruzó los brazos.
Había crecido escuchando relatos sobre la República, la guerra, la represión. Su hermano mayor había sido detenido en 1972 por repartir propaganda universitaria. Su padre nunca habló abiertamente de política, pero el silencio en su casa tenía dirección.
Para ella, la monarquía era continuidad, no ruptura.
Sin embargo, algo en el tono del discurso le resultó inesperado. No era la retórica inmóvil del régimen. Había una insinuación de cambio, una palabra repetida con cuidado: “democracia”, palabra dicha con cautela.
Esa noche acudió a una reunión clandestina vinculada al Partido Comunista de España.
—No os dejéis engañar —dijo un compañero—. Esto es maquillaje.
Clara asintió, pero no con la misma convicción de antes.
La muerte del dictador había sido un final o un punto y seguido, no se sabía con seguridad. Lo que venía ahora no tenía forma definida.
Y eso generaba tanto miedo como esperanza.
La esperanza se hacía más grande.
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