Cierre
La transición no fue limpia.
No fue heroica.
No fue unánime.
Fue frágil, discutida, llena de renuncias y contradicciones.
Pero fue suficiente.
Y a veces, en la historia de un país, suficiente es extraordinario.
Nota del autor
Esta historia no nace de la nostalgia.
Nace de la inquietud.
La Transición española ha sido contada muchas veces como un milagro o como una traición. Como una obra maestra de ingeniería política o como un pacto de silencios culpables. Entre esas dos versiones extremas, a menudo se pierde algo más humano: la experiencia cotidiana de quienes no escribieron discursos ni firmaron decretos, pero vivieron cada decisión con incertidumbre real.
Cuando murió Franco en 1975, España no despertó de repente en democracia. Despertó en una pregunta. La pregunta de qué vendría ahora. El reinado de Juan Carlos I, el liderazgo de Adolfo Suárez, la legalización del Partido Comunista de España, los Pactos de la Moncloa, la Constitución de 1978 y la noche del 23 de febrero de 1981 no fueron episodios aislados: fueron eslabones de una cadena extremadamente frágil.
He querido contar esa fragilidad. Bajo mi humilde punto de vista.
Mateo, Clara y Andrés no representan bandos absolutos. Representan dudas. Representan generaciones educadas en certezas que, de pronto, tuvieron que aprender a convivir con la ambigüedad. Ninguno es héroe. Ninguno es villano. Todos están atravesados por el mismo dilema: ¿cómo se cambia un país sin romperlo?
Es fácil juzgar el pasado con la seguridad del presente. Es más difícil habitarlo. Esta historia intenta precisamente eso: habitar los días en que nada estaba garantizado. Recordar que la democracia no fue inevitable. Fue una elección sostenida en el tiempo, una suma de renuncias, acuerdos incómodos y miedos contenidos.
No pretendo ofrecer una verdad definitiva sobre la Transición. Tampoco absolverla ni condenarla. La historia, como la vida, rara vez se deja reducir a una sentencia simple. Mi intención ha sido devolverle textura humana a un proceso que a veces se vuelve abstracto en los manuales.
La generación que vivió aquellos años asumió riesgos que hoy resultan difíciles de medir. Algunos pagaron con su carrera, otros con su reputación, otros con su vida. Otros, simplemente, pagaron con silencio.
Quizá la lección más profunda de aquel tiempo no sea política, sino cívica: las democracias no se construyen una vez para siempre. Se sostienen.
Cada generación recibe un sistema imperfecto. Decide si lo erosiona o lo mejora.
Si este pequeño aporte consigue que el lector mire aquellos años con menos dogma y más comprensión —no complaciente, pero sí compleja—, habrá cumplido su propósito.
Porque la democracia, al final, no es una épica.
Es una responsabilidad cotidiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario